Opinión

La inflación no remite

Tres meses consecutivos de aumento de la inflación marcan una tendencia poco alentadora que rompe con la ansiada moderación de precios que, hasta antes del verano, parecía encarrilada. El Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmó ayer el dato adelantado del IPC de septiembre, que se situó en el 3,5%, empujado por los carburantes y la electricidad. Esta tasa es la correspondiente al mes pasado, es decir, anterior al ataque de Hamás del 7 de octubre, que dio inicio al nuevo estallido del conflicto entre Israel y Palestina cuyas consecuencias son hoy imprevisibles, en el plano humanitario en primer lugar, pero también en la economía mundial. Lo resumió bien hace unos días la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, cuando dijo que es «una nueva nube en el no muy soleado horizonte de la economía global». Las guerras suelen ser inflacionarias, como ya se vio con la de Ucrania. De lo que se deduce que los bancos centrales prolongarán su política monetaria de tipos altos.

En cuanto a los precios en España, sin llegar a los niveles de la escalada de hace un año, sí que hay algunos elementos destacables. El principal, los precios energéticos, porque marcan toda la cadena de producción y se trasladan al resto de productos hasta llegar al consumidor final. La decisión de los países productores de petróleo de recortar la oferta de crudo incrementó el precio del barril de Brent, de referencia en Europa, y no se descarta que lo siga haciendo con el aumento de la demanda en los meses de invierno y en función de cómo evolucione el conflicto de Oriente Próximo.

Otro elemento a tener en cuenta es la inflación de los alimentos, que ha subido el 10% anual, muy por encima del IPC general. El aceite de oliva se ha convertido en un ejemplo extremo de la presión de los precios sobre los bolsillos de los ciudadanos: hoy es un 67% más caro que hace un año. Y el azúcar se ha encarecido el 40% respecto al 2022. En ambos casos, las malas cosechas por la escasez de agua apuntan como una de las causas principales (lo que nos debería hacer reflexionar sobre la estrecha relación entre naturaleza y economía), si bien harían bien las autoridades competentes en extremar la vigilancia para evitar posibles abusos y situaciones difíciles de justificar como diferencias del precio de venta al público de más del 50% en la misma marca según el establecimiento donde se compre.

En cualquier caso, que los alimentos mantengan la escalada alcista pone en cuestión también la efectividad de una de las decisiones del Gobierno para frenar la inflación, la rebaja del IVA de productos básicos. Esta y otras medidas (como los descuentos en el transporte público o rebajas en impuestos de la electricidad) caducan el próximo 31 de diciembre, y el FMI ya ha instado a España a no renovarlos. No será una decisión fácil, porque si se retiran las ayudas, los ciudadanos notarán más los efectos de la inflación, pero estas tampoco se pueden mantener por mucho tiempo más sin perjudicar el déficit y la deuda pública. Y Bruselas endurecerá las reglas fiscales, lo que supondrá un importante reto para el próximo Gobierno. Todo esto en un escenario en el que, previsiblemente, el Banco Central Europeo seguirá manteniendo los tipos de interés altos mientras no se contenga la inflación. Algo que por ahora no parece cercano .