Opinión | EL COMENTARIO

Gaza. Cuándo será bastante

No sé de ninguna izquierda que no haya condenado el ataque repugnante de Hamás

Cuánto tiempo dura el sentimiento de horror, de tristeza, de solidaridad. Cuánto sentimiento nos cabe. Cuánto podemos contener. Llega el último espanto y qué hacemos con el anterior. Las muertes, los crímenes se suceden sin tregua. El atentado repugnante, salvaje y condenable sin paliativos, ese horror desatado sobre los civiles de Israel asesinados ha desencadenado una reacción que se parece a una venganza bíblica, una venganza sin medida, ojo por ojo, ojo por cien. La ira de un gobierno que ya avisó: hemos liberado de frenos a nuestros soldados, algo parecido dijeron. No habrá consecuencias ante cualquier salvajada. Tenemos derecho a defendernos de los terroristas, y los que hay en Gaza «son animales humanos». No hizo distinción. El tipo que lo dijo, militar de alto rango, lo sigue pensando, imagino, y como él tantos otros.

No hay tiempo para el escrutinio, terroristas de Hamás, civiles; palestinos todos. Cada día una ración de muertos; indiscriminados; ¿niños, mujeres, ancianos asesinados entre los terroristas de Hamás? Las noticias parecen indicarlo. Y hay imágenes. Y lo último –o lo penúltimo, porque cuando esto salga, seguramente habrá más–: el misil en el hospital: pleno a la infamia; entre quinientos y mil muertos. La máquina de la mentira ya se ha puesto a trabajar. Ha sido Hamás. Lo ha dicho hasta el disminuido presidente americano, que dice que han investigado y en efecto, ha sido Hamás. Cómo no lo vamos a creer. El amigo americano nunca miente. Ahí está la historia.

¿Cuál es la meta? ¿Dónde se detendrá la venganza? ¿Querrán acabar con todos? Eso ya se ha intentado en el siglo anterior. Por otros, sobre estos; oh, paradoja sangrienta. Llegaron hasta seis millones, querían once millones. La tecnología ayudó entonces. Once millones de balas gastadas eran una pérdida inasumible, sin contar con los enterramientos; demasiada mano de obra ocupada en eso. Antieconómico. Inventaron un gas, un procedimiento, diseñaron hornos crematorios. Querían acabar con once millones, sólo pudieron llegar hasta seis. Hoy hay misiles. Hoy se mata desde una pantalla. ¿Y ahora? ¿Cómo es posible no pensar en esto? ¿Dónde van a parar? ¿Qué número de muertos será soportable para que se ponga en marcha la «presión internacional» y detenga la sangría? ¿Y nosotros, con quién vamos? Con la población civil, con los que no empuñan armas, ni estallan bombas ni causan muertos por medio del terror. Y con los que no son el gobierno, este gobierno que llamamos ultraderechista. Con todos ellos, los inocentes de uno y otro lado, lo civiles, niños palestinos, niños israelíes, niños. Pero y qué, qué soluciona esto. Nada.

Ha habido una carta de varios intelectuales progresistas, de izquierda, de Israel; reprochan la falta de solidaridad y de compromiso por parte de ciertas izquierdas internacionales, americana y europea sobre todo. No sé de ninguna izquierda que no haya condenado el ataque repugnante de Hamás; no sé si tienen alguna razón para su protesta. Leo en melifluo El País la contestación certera de mi admirado Sergio del Molino; elocuente, atinada y respetuosa a la vez. No se puede no decir quién no condena si se dice que «alguien» no condena. Aun así no me imagino lo difícil que será mantener las posturas y actitudes políticas de los que firman esa queja, viviendo bajo presión que supongo inevitable, condenando las políticas de su gobierno, un gobierno de ultraderecha, torpe, simple, y además ineficiente. La ultraderecha, en todas partes, creo, tiende a aplicar soluciones simples a problemas complejos, chapuceros que no suelen pagar el precio de sus chapuzas.

El uso de la fuerza sin medida ni contención, ¿va a ayudar a una mínima paz para vivir una vida sin amenazas? Los hijos de las víctimas, ¿qué destino podemos imaginar para ellos que no sea la venganza, otra venganza; y así hasta cuándo? ¿Hay alguna posibilidad de que el odio y el deseo de venganza dejen de estar por encima incluso de la propia vida? Cuando alguien se mata a sí mismo con tal de matar al enemigo, ¿qué queda por hacer? ¿Vivir refugiados en una fortaleza inexpugnable, mientras se diseña un campo de internamiento perpetuo para que siga la hoguera del odio y la venganza? ¿No ha sido esa la solución hasta ahora? ¿Y en qué ha venido a parar? ¿Habrá quien quiera esto? ¿En qué lado habrá más activistas de este estado de cosas? ¿Alguien soñará con que el otro desaparezca por completo, que sea borrado de la faz de la tierra o expulsado? ¿Adónde? ¿El dios del libro arrasando otra vez las dos ciudades impías?

La hoguera no va a quedar ahí. Ya la estamos viendo soltar sus chispazos, anegados en sangre inocente. Ya la hemos visto antes. Dos ciudadanos suecos han muerto lejos de Gaza, pero a causa de Gaza. Y la barbarie terrorista se desatará sin duda por todo el occidente. La parte criminal de los que apoyan la causa palestina no va a pararse tampoco a discriminar, matará donde pueda y cuando pueda. Habrá un campo de batalla intermitente en cualquier ciudad de Europa. Ya lo ha habido. Y está la respuesta de las ultraderechas de cada país. Aquí ya ha salido uno de sus jefes, uno de los más torpes, que aboga por matar al terrorista antes de que nos mate, ¿Y cómo sabremos si es terrorista antes de que maten? ¿Muertes preventivas? Tal vez los distingamos como propone un tipo repugnante, un cómico que se pregunta escandalizado ante la terrible muerte accidental de un chaval: cómo es posible que a un chico blanco, guapo y bien vestido, no le haya ayudado nadie. Cabe la duda de si es más estúpido que racista o lo contrario, o ambas cosas; igual no ve ningún mal en lo que ha dicho. O sí, y no le importa. Pues eso, una idea que aporta este sujeto que seguro que anima al otro. Si es que no son lo mismo. Dos cómicos trágicos.