Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

La guerra de los profetas

La ira de Dios frente a su espejo; una larga trenza de siglos de guerras engrasada con sangre

Nosotros somos el pueblo de la luz, ellos son el pueblo de la oscuridad y la luz triunfará sobre la oscuridad», ha dicho Netanyahu. Y también ha dicho: «el pueblo judío realizará la profecía de Isaías». Por otra parte, un líder de Hamás, Ismail Haniyeh: «Todos los acuerdos de normalización que ustedes han formado con esa entidad no pueden resolver este conflicto». Esa entidad, obviamente, es Israel. Por un lado la justificación teológica de un radical de derecha extrema, acusado en 2019 de tres cargos de corrupción, cuestionado por gran parte de su mismo pueblo por su afán de legislar para convertirse en una especie de dictador mediante el control del poder judicial. Un iluminado que recurre al profeta, frente a otros iluminados que recurren al profeta. La ira de Dios frente a su espejo; una larga trenza de siglos de guerras engrasada con sangre, inspirada por un entramado de mitos, relatos sagrados y teologías.

¿Toda esta escatología no acabará nunca? No lo parece. Permanece indiferente a todo intento de entender la existencia desde los postulados de la razón y de la ciencia, bajo cuyo imperio pacífico, leyes y principios procuramos vivir los gentiles, los no creyentes en ninguna de las llamadas religiones del libro. La otra de las tres, la cristiana, ya patrocinó matanzas innúmeras mediante reyezuelos y emperadores. Hoy se conforma con educar a la grey del Cristo en sus numerosos colegios estupendamente concertados, procurando apenas que sus sacerdotes dejen de abusar tanto, que hasta su Papa clama el escándalo.

Cada bando se arrebuja en su bandera y en su fe y se siente autorizado por uno de los tres dioses del catálogo; los tres prometen el paraíso según diseño de cada teología. Autorizan a matar, llegado el caso no sólo a los enemigos, sino a los hijos, hijas, madres, padres abuelas y abuelos de los enemigos. Además lo anuncian, lo televisan y lo fotografían. La propaganda del terror también es un arma en esta guerra, se considera un recurso más. Pero las pantallas no transmiten más realidad que las palabras bien puestas. La imagen que no huele, que no quema ni hiela de frío, que no tiene textura, esa imagen desrealiza la realidad, por eso puedes seguir comiendo entre foto y vídeo, y por eso, sin embargo, se te cierra la glotis con según qué palabras.

Hay fotos necesarias, claro, pero si se satura el ojo se ciega la imaginación, y el dolor ajeno hay que querer imaginarlo para poder sentirlo. La falta de imaginación del dolor de la víctima es condición para darle muerte sin remordimiento. Y el horror acumulado acaba insensibilizando por indigestión de detalles. Han matado a un hombre ¿No basta lo terrible de esa verdad? Bien, añadamos: era inocente; han matado a un inocente; añadamos más: era además un niño de pocos años; más aún: las bombas han sepultado a varios niños y ancianos en un hospital. ¿Cómo se contabiliza el horror? Cómo se pasa de una muerte a cien, a mil, a diez mil...

La historia de Palestina e Israel parece que no acabará nunca. A una venganza le sigue otra mayor de signo contrario. Mata más quién más puede. Como si se quisiera aniquilar absolutamente al otro. Nadie puede olvidar el asesinato y el terror producido por Hamás. Pero eso no debe condenar a todos los palestinos de Gaza. No estar de acuerdo, ni justificar la respuesta brutal del Gobierno de Israel, criticada también por parte de sus ciudadanos, no es una posición antijudía ni antiisraelí.

Seguramente el Estado palestino, si fuera posible, se parecería bastante al Gobierno de Irán, que mata a sus ciudadanos, sobre todo a mujeres, con condenas dictadas por un gobierno de criminales que se sienten autorizados por su dios para repartir sentencias de asesinato, secundados por una parte de la población, una inquisición fanatizada que denuncia, atropella, detiene, y tortura a sus opositores, con especial dedicación a las mujeres. Pero aunque pensemos que esto pudiera ser así, no se puede aceptar este afán de venganza que parece no tener final, que no sabemos cuándo será colmada. Y sí; a Israel se le han permitido cosas que convertirían en paria a cualquier otro país. Un representante de su gobierno pretende que van a dar un escarmiento a la ONU. Se saben impunes, lo dicen, y si no les das la razón o cuestionas a su gobierno te tachan de antisemita. Mienten. Lo saben. No es antisemitismo. Les da igual. Durante mucho tiempo es como si cobraran derechos morales por los sufrimientos, las torturas y los asesinatos de los millones de judíos masacrados por los nazis –pensamos en Primo Levi, que nos acercó tanto a la comprensión de aquella monstruosidad–. Como si el Holocausto les liberara del cumplimiento de las leyes internacionales cuando se defienden del terror criminal. No, no somos antiisraelíes. Comprendemos bien el dolor de los familiares de los asesinados al principio de esta locura. Pero hasta en la venganza hay límites. Cuántos muertos serán bastantes. En qué número detendrán el sitio y la masacre de Gaza. Hubo un día en que los dos pueblos casi logran aceptar vivir juntos. El acuerdo de Oslo. Pero una parte de cada uno lo echó a perder. Los jefes guerreros de cada tribu toman decisiones cuyas consecuencias no pagan.

La cuenta corre siempre a cargo de los mismos: los que no deciden. Esa infamia se repite incesantemente. El jefe que inspira a Hamás está a buen recaudo, fuera de Gaza. Y Netanyahu, una de las principales fortunas de Israel, guarda bien a su hijo, que anda por Miami, atento a las evoluciones de la matanza mientras se unta protección solar.

Y así casi todo últimamente.