Opinión

Leonor y la soberanía popular

Fue el entonces presidente del Congreso de los Diputados, Gregorio Peces-Barba, quien en 1986 estableció el protocolo para que el entonces Príncipe de Asturias y hoy rey Felipe VI jurara la Constitución. Peces-Barba, uno de los padres de la Carta Magna, dispuso una ceremonia laica, sin cruz y sin Biblia, símbolos todavía omnipresentes en aquella época, y con tan solo un ejemplar de la Constitución. Ahora puede parecer algo natural, pero entonces fue casi revolucionario. Tanto el escenario, en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo ante los representantes de la soberanía popular y las altas magistraturas del Estado, sin asomo de símbolos religiosos, como la breve alocución con la que hace 38 años su padre y este martes la heredera de la Corona juraron «guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes, respetar los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas» representan el acto más democrático, moderno y se podría decir que, por ello, republicano, de la Monarquía. De hecho, los herederos españoles son una excepción en las monarquías europeas al comprometerse expresamente ante el Parlamento a respetar la soberanía popular que en él reside y a cumplir con la Constitución.

No obstante ese ritual democrático no le otorga por sí solo al Rey y a su heredera el afecto de los ciudadanos. Es más que sabido que la institución monárquica no goza de demasiada buena salud en nuestro país, aunque durante el reinado de Felipe VI se ha recuperado en parte la popularidad que perdió la Corona por los escándalos protagonizados por su padre, Juan Carlos I, ahora residente fuera de España por decisión del actual monarca. También es cierto que ese reconocimiento a la figura del rey en ejercicio no es igual en todo el Estado. No basta solo con recordar que uno de los deberes del Rey es tratar de mantener la integridad del territorio; la cercanía con sus ciudadanos, incluso con los desafectos, le ayudarían a ganarse su respeto y el del conjunto de la sociedad.

Lograr el apoyo de la ciudadanía es una de las tareas en la que el Rey y su heredera tendrán que insistir, porque de la consideración que ellos sean capaces de conseguir depende también en gran medida la estabilidad, la credibilidad y la respetabilidad de todas las instituciones democráticas del Estado, no solo las de la Corona. Para ello no puede olvidar respetar los derechos de los ciudadanos y los de las comunidades autónomas, como han jurado hacer, y observar «un comportamiento que merezca el reconocimiento y el aprecio de los ciudadanos», como prometió Leonor en su discurso. El cumplimiento de ese compromiso ayudará a la heredera a conseguir el aprecio de la sociedad en su conjunto y el de los jóvenes de su generación en particular, sea reina posteriormente o no, porque eso lo decidirán el conjunto de los españoles y el devenir de la historia.