Opinión

Todos santos

Los comportamientos individuales demuestran que se nos da bien esgrimir el propio orgullo contra el resto

El orgullo es la soberbia de la dignidad. Tenemos derecho a estar satisfechos de lo que somos y hacemos. Pero no sabemos disfrutar de un buen resultado sin echarlo en cara a los demás o a nuestro pasado. El equilibrio personal debe compaginar la reivindicación de la autoestima con la moderación del exhibicionismo de los triunfos que nos arrogamos. Los comportamientos individuales demuestran que se nos da bien esgrimir el propio orgullo contra el resto. Aunque, en conductas de apoyo que afectan a grupos sociales, se mezclan otros factores como la reivindicación y el amor propio.

Nos podemos enorgullecer de los demás, pero si abusamos del propio orgullo, nos envilecemos de petulancia. Un orgulloso es un vanidoso de sí mismo que repele a los demás. Estos engreídos están poseídos de arrogancia. Sufren un complejo de inferioridad superlativo. Rebosan tanta incapacidad que enfangan a su entorno para disimular su propio estercolero. La hipertrofia de soberbia provoca una epidemia de mancillados. Los afectados se dopan con «orgullina». Esa droga de exaltación descontrolada, que crea adicción al egoísmo y provoca dependencia de relaciones tóxicas.

La personalidad es la cordillera humana que surge tras el choque entre la placa tectónica de la educación y el continente de la identidad. En esta pugna de tensiones asistimos a una pulsión de egos. Si la identidad mediatiza el aprendizaje, nos achicamos. Pero si el crecimiento no tiene un anclaje histórico, no evolucionaremos con un sentido vital. El orgullo es la creencia en que las convicciones son más ciertas que las razones. Como diríamos, parafraseando a Chico Marx en Sopa de Ganso (1933), ¿a quién va usted a creer, a su orgullo o a sus propios ojos?

El orgullo, comedido y razonable, produce autoconfianza y seguridad. Pero si nos venimos arriba, genera mala leche en quienes nos rodean y provoca intolerancia latosa. El exceso de orgullo convierte a los humanos en seres presuntuosos. Y enorgullecerse del propio orgullo es el mayor de los dislates. Como decía el fabulista griego Esopo: «nuestro carácter nos hace meternos en problemas, pero es nuestro orgullo el que nos mantiene en ellos». En esa espiral de cerrazón, las críticas no se perciben como opiniones diferentes, sino como una agresión al propio honor. Traspasado ese umbral, el reto al duelo es cuestión de tiempo. De la honorabilidad no se duda porque es sacra para su portador, y execrable para su pateador que dirige la puntería a sacro. Al fin y al cabo, el honor es la excusa más habitual de los orgullosos para justificar su altanería.

La manipulación de conceptos éticos individuales, para convertirlos en reglas morales de obligado cumplimiento para los demás, es una de las aberraciones que contribuyen a la confrontación social. Sabemos identificar, e identificarnos, con el patriotismo de las ideas, los territorios y las creencias. Pero no somos patriotas humanos. Nos cuesta adaptar a nuestra especie un término que utilizamos más para diferenciarnos que para encontrarnos. Quizás no tengamos muchos motivos para estar orgullosos de ser homo sapiens, en un planeta al que le quitamos tantos derechos como carecen nuestros congéneres.

La solemnidad de los adjetivos en los argumentos que se utilizan, crece con la incapacidad de sus autores para defender las razones de su perístasis. Llegan días en los que escuchamos palabras de suntuosidad grave, tonos agudos y contenidos vacíos. Los histriones repasan el libreto, ensayan las muecas y cultivan sus mocos.

En España habrá gobierno legal, legítimo y progresista. Lo preside, como siempre, quien gana las elecciones con el respaldo de la mayoría soberana que reside en el parlamento.

Las derechas se comen su orgullo y vomitan frustración y odio. Se habían encomendado a todos los santos en el día del Tenorio y les ha bastado sólo uno, Santos Cerdán, para saber que en la izquierda somos Santos de su devoción por el acuerdo. Confunden las instituciones con sus pretensiones. Aznar dice que Sánchez es un peligro para la democracia. No va más, anuncia, mientras tira los dados de sus proclamas sobre el tablero para que Feijóo y Abascal marquen juntos el paso de la oca. A la jugada se suma el Poder Judicial que, tras ponerse los cuernos de bisonte en la coronilla, se pasan su caducidad por el forro de sus togones. Menos mal que estamos en el siglo XXI, porque los discursos se mueven entre la asonada y la astracanada. A este paso, vamos a aplicar la ley de amnistía a los fachas, por felonía.