Opinión | AL TRASLUZ

No siempre es prosa

Fiel a su conocía claridad, Marcelino Menéndez Pelayo aconsejó en el prólogo que escribiera para el libro de poemas Mis flores (1904), de la olvidada Concha Espina, que se dedicara más a la prosa porque «la vida es prosa». Es posible que la recomendación de su paisano santanderino no cayera por completo en saco roto pues la producción literaria de Espina se centró a partir de entonces, fundamentalmente, en la novela, género predominante en su obra. No obstante, dadas las dificultades con las que le tocó lidiar en su vida, cabe la posibilidad de que también ella descubriera que la vida era prosa. Aunque pronunciada hace más de un siglo aquella frase no nos parece ahora ni mentira ni errada. Tampoco lo sería de haberse dicho o pensado antes, pues con anterioridad al siglo XX también lo era, quizás más, incluso.

No me extenderé ni seré prolija a la hora de detallar por qué hoy lo sigue siendo, por qué somos prosa y no verso. De sobra lo saben aquellos de ustedes que, en un acto casi de atrevimiento, continúan al tanto de las noticias nacionales e internacionales. En otro siglo, en otra época y esta vez de esta tierra, Baltasar Gracián sentenciaba en uno de sus conocidos aforismos: «Hombre sin noticias, mundo a oscuras». No cabe duda de que la suya era una manera concisa y precisa de reconocer la importancia de saber qué pasa, a quién y cómo. Claro que lo más difícil es, como siempre, dar con el porqué. Sea como fuere, en esta heterodoxa concatenación de ideas que hoy les propongo aún me falta alguna más.

Con toda seguridad conocen la máxima popular: «para aprender, perder». Por mi parte temo que ni siquiera así. Observo que ni aun en el caso de haber sido demostradas algunas pérdidas y derrotas ha quedado patente nuestra dificultar para aprender. A menudo perdemos y no aprendemos. La Historia está llena de ejemplos de aquí y de allá que no hace falta recordar y que corroboran esa limitación nuestra para extraer lecciones del pasado y aplicarlas al presente. Pese a todo no me doy por vencida: el realismo es una cosa, el derrotismo otra en la que sólo pueden permitirse caer los perezosos o los cobardes. A veces la vida no es prosa por mucho que lo dijera Menéndez Pelayo. Por fortuna no faltan miradas y palabras que devuelven a la vida la esperanza de lo bueno y lo bello que no son dos sino una misma cosa. No faltan hoy aquí como tampoco lo faltaron antes, en otras culturas y momentos.

Me ceñiré sólo a dos. Una la del poeta persa islamista y sufista Yalal Rumi, quien en el siglo XIII ya advirtiera y dijera con hermosura que «la herida es el lugar por el que entra la luz». Y la otra la del gran filósofo hebreo Emmanuel Lévinas, quien, en el XX, horrorizado por lo que el hombre es capaz de llegar a hacer, afirmara: «Ser libre es construir un mundo en el que se pueda ser libre». Por ello, por ellos, aunque por momentos sea más amable caer en la tentación de la oscuridad, de no saber, de no querer o poder saber, aunque casi siempre sea prosa sabemos por dónde llegara la luz y la poesía, aunque tiemble, aunque duela.