Opinión | HOGUERA DE MANZANAS

‘La Hostiada’

Una de las cosas que no siempre valoramos en nuestros políticos, pueblo desagradecido como somos, son los buenos ratos que nos hacen pasar con sus deslices lingüísticos. Tal vez echemos de menos las ocurrencias de Rajoy, con su inigualable «cuanto peor mejor para todos» y etc., pero tenemos en Yolanda Díaz una digna sucesora con sus mejores y «mejoras» economistas. Mi amigo Enrique Ortega me habla de un libro de Jesús Laínz, La lengua retorcida, que recoge disparates, pedanterías, manipulaciones y otros artificios lingüísticos históricos. Uno de mis personajes favoritos es Joan Pich i Pon, político que pasó a la historia por sus «piquiponadas». Destituido tras un escándalo en la Expo de Barcelona del 29, se apartó de la vida política argumentando que quería hacer vida «sedimentaria». Cuando volvió a ser elegido teniente de alcalde, manifestó con alegría: «¡Por fin se me ha ajusticiado!», cosa que tal vez merecía, pero jamás se hizo y, por tanto, él siguió hablando. Hombre de hondos principios, expresó en una ocasión: «Al oír cantar la Marsellesa se me erizan los pelos del corazón» y habló del 14 de abril de 1931 como «una jornada revolucionaria sin infusión de sangre». No debemos olvidar a estos próceres y la alegría que reparten. Pero también el populus es generoso en estos aspectos. Recoge el libro la timidez de una señora que intentó comprar «La cama turca» en una librería y solo tras muchos melindres se supo que parecía referirse al Kamasutra. Sobre gustos no hay nada escrito, así que un señor refirió que en cuestiones sexuales era entusiasta del «corpore en su punto». No hay constancia de en qué punto pensaba, pero puede imaginarse. Contundente fue quien intentó comprar «La Hostiada», de un autor griego de cuyo nombre no podía acordarse. Ignoramos si le dieron La Orestíada de Esquilo o las dos.