Opinión

Un contrato con los electores, un fraude

La mayoría del pueblo español ha asumido, por dejación y comodidad sin duda, que muchos de quienes se dedican a la política se hayan convertido en una casta que día a día, y ante nuestros propios ojos, va acumulando privilegios y prebendas de una manera indecente.

Lo que está ocurriendo con los acuerdos para la investidura del presidente del Gobierno no es sino un ejemplo más de esta deriva insensata, que está provocando la desafección de buena parte de la población hacia lo público.

Paso a paso, creo que sin remedio y sin marcha atrás, al menos a medio plazo, los dirigentes de la casta están construyendo un modelo de sociedad en la que se hace mayor la desigualdad entre los ciudadanos, creando los marcos jurídicos para que los políticos queden inmunes ante cualquier tropelía que cometan.

La Constitución española, papel mojado desde sus comienzos, consagra una igualdad que nunca ha existido. No la hay entre los territorios: véanse si no las enormes ventajas que tienen Comunidades forales como el País Vasco y Navarra, o la acumulación de riqueza que se centraliza en la de Madrid a causa de la radicación en ella de enorme privilegios fiscales, de la domiciliación de las grandes fortunas y de las mayores empresas, que tributan en Madrid aunque exploten a los vecinos de la España vaciada y hagan sus negocios, por ejemplo las energéticas, en Albacete, Zamora o Teruel; o la condonación de la deuda prometida a comunidades como Cataluña, que ha gastado más de lo que tenía y, para mayor ignominia, su Gobierno autonómico puso en marcha una campaña con el lema mendaz de «España nos roba».

De vez en cuando, los ciudadanos somos llamados a las urnas para elegir a nuestros representantes, y votamos, o al menos así debería ser, según las propuestas que los partidos y sus candidatos hacen en sus programas y campañas electorales. Esos programas deberían ser un contrato entre elector y elegido, igual que ocurre con los folletos de propaganda de las empresas, por ley.

Pero con esta casta política nada de eso tiene el menor valor, ni sus palabras ni sus promesas ni sus programas ni sus opiniones ni su compromiso, porque carece del menor sentido de la dignidad y la vergüenza.

Eso sí, a eufemismos no les gana nadie a los de la casta; así, a lo que toda la vida se llamaba mentir y estafar, ahora se denomina «cambiar de opinión».

Y pese a tanta mentira, a tanto incumplimiento y a tanto fraude, ahí siguen como si tal cosa, y algunos incluso dan lecciones de ética y de convicciones. Casta en estado puro.