Opinión

Una cuestión de estricta supervivencia

Después de las cumbres del clima de Glasglow y de Sharm el Sheij, la convocatoria de la COP28 en Dubái, entre el 30 de noviembre y el 12 de diciembre, se presenta como una de las últimas oportunidades para evitar un colapso ambiental. Los expertos reclaman un posicionamiento radical de la comunidad internacional en un momento en el que no se trata de ser catastrofista sino de afrontar definitivamente una realidad que no admite demoras o declaraciones vacuas. Los tres principales retos de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático son la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, las medidas de adaptación al cambio climático y la financiación a los países más vulnerables. El Protocolo de Kioto, en 1997, y el Acuerdo de París de 2015, trazaron las líneas maestras para restringir las emisiones de CO2 a la atmósfera. Las expectativas más optimistas delimitaban el aumento sostenible a unos 1,5 grados. Hoy por hoy, solo se ha conseguido recortar cerca de un 10% en la previsión, con un aumento de la temperatura previsto en 2100 de 2,5 grados. El objetivo de mínimos es procurar que las emisiones globales de gases contaminantes alcancen su pico en 2025 para caer a la mitad antes de que acabe la década.

Los expertos consultados sobre la cumbre coinciden en que se trata de una cuestión de estricta supervivencia y en que, si las medidas que se han de tomar no llegan de manera inmediata estamos cerca de un punto de no retorno en la salud del planeta. El Panel Intergubernamental de Expertos contra el Cambio Climático avisa en su último informe de que vivimos en una época decisiva que definirá el futuro a corto y medio plazo y claman por unos compromisos vinculantes que no pueden retardarse más. Hacer frente a esta realidad implica elegir modelos de desarrollo económico que sean compatibles con la sostenibilidad del planeta. Aunque ha aumentado la preocupación social ante el calentamiento global, emprender la transición no siempre es fácil, obliga a modificar hábitos y a neutralizar discursos negacionistas que encuentran acomodo en la resistencia al cambio. La acción de los gobiernos (mediante el impulso de leyes y la dotación de recursos públicos, subvenciones y otras ayudas fiscales) debe facilitar este camino.

La COP28 tiene sobre la mesa otros temas candentes, relacionados con el efecto invernadero. Uno, el de la adaptación ante un estado de cosas que, a estas alturas, podemos solo mitigar y, otro, el espinoso asunto de la financiación dirigida a los países más vulnerables, por primera vez en el orden del día prioritario de la cumbre. Es una responsabilidad de los estados que más han contaminado a lo largo de la historia, porque sería del todo inmoral que la factura a pagar tuviera que ser asumida por los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. La Unión Europea lidera la reivindicación, con la idea de superar los 100.000 millones de dólares a partir de 2025 con mecanismos comprobables de implicación y con una efectividad hasta ahora desconocida.

La hoja de ruta está clara pero exige una voluntad colaborativa, sin demoras ni medias tintas. Está por ver si en Dubái podremos, por fin, evitar, como advertía el secretario general de Naciones Unidas, «que nuestro planeta vaya hacia el precipicio climático».