Opinión | ALÉGRAME EL DÍA

De lágrima fácil

Soy de lágrima fácil, lo reconozco. Me encanta llorar en el cine, en el teatro, en el ballet, en un concierto, con un libro... Lloro en cualquier lado, vaya. Y a moco tendido si me pongo. Y lo bien que sienta. Es algo terapéutico. No suelo llorar porque el momento sea especialmente triste o doloroso, no, suelo llorar cuando me golpea la belleza, cuando algo hace clic en mi cabeza y las lágrimas brotan sin pudor, como una respuesta natural. Me es imposible no llorar al leer el relato El lago, de Ray Bradbury, por poner un ejemplo. O por poner otro, recuerdo que nada más empezar la película Bailando con lobos, de Kevin Costner, cuando decide inmolarse ante las tropas enemigas y montado a caballo se abre de brazos y musita «Perdóname, padre», con esa delicia de banda sonora de John Barry de fondo, yo ya estaba con el rostro arrasado en lágrimas. Sabía que no iba a morir, evidentemente, la película acababa de empezar, pero era una escena tan hermosa... Ya me tenía ganado de antemano. Mi última gran llorera ha sido con la película Vidas pasadas, sensacional ópera prima escrita y dirigida por Celine Song, cineasta coreana-canadiense que se ha sacado de la manga una de las mejores películas del año. Y ya digo, no es un melodrama para llorar a mares, ni mucho menos, de hecho es una pequeña película muy contenida, llena de miradas y silencios, y sin embargo he llorado en diversos momentos como un niño pequeño. Como dirían sus protagonistas: Buah, qué maravilla. Una cautivadora historia que nos habla del paso del tiempo, de encuentros y despedidas, con esos caminos que recorremos o esas escaleras que subimos. Salpicada de diálogos fantásticos y de escenas tremendamente conmovedoras, dibuja un curioso triángulo amoroso en el que sientes una empatía total por sus tres vértices, comprendiéndolos pese a su aparente complejidad. Una joya arrebatadora.