Opinión

Zaragoza y el foco de la capitalidad

Vuelven los focos a Zaragoza de la mano de una cita internacional como es convertirse en la Capital Europea del Deporte. Esta era una aspiración política que hace bien poco quizá muchos ciudadanos no sabían ni que existía y que, a la vista de la pomposidad con la que se ha anunciado en la plaza del Pilar, a muchos otros les ha recordado lo que antaño fue organizar una Expo en el año 2008.

Uno y otro evento no tienen nada que ver entre sí con respecto a la proyección internacional que conceden luego, aseguran quienes saben de estas distinciones, pero desde luego llega en un buen momento para la ciudad del Ebro: en la carrera por ser subsede del Mundial de fútbol 2030 y tras el fiasco de aspirar a conformar una candidatura olímpica para ese mismo año junto a Cataluña que, a la vista de lo ocurrido estos días en España, da hasta cierto alivio que no saliera adelante. Ni juntos ni por separado, ya que, de haber salido, Zaragoza y Aragón se verían enfrascados en un proyecto de envergadura y obligados a poner de acuerdo a tres gobiernos enfrentados: el de Pedro Sánchez, el de Jorge Azcón y el de Pere Aragonès. Casi nada.

Pero ser capital europea de algo, de lo que sea, otorga beneficios que no tienen necesariamente que ser económicos. A veces son de reputación, de pura imagen y, sobre todo, de atracción de inversiones públicas a la ciudad, algo que sin duda está en la piedra angular de este proyecto. El deporte, igual que en su día se pensó para la cultura –Zaragoza quiso ser Capital Europea en 2016 y acabó ganando San Sebastián–, adolece de una importante falta de infraestructuras para acoger eventos deportivos de renombre en muchas disciplinas. Quizá solo el baloncesto se salva de la quema, con un pabellón Príncipe Felipe que ya ha acogido alguna cita importante y que aspira a celebrar la Copa del Rey de 2026, por ejemplo. Ni siquiera La Romareda está equipada para aspirar a citas futbolísticas relevantes, aunque todo apunta a que eso está en vías de solucionarse con el nuevo estadio. No llegará a tiempo para la capitalidad, una pena que el principal referente para 2027 vaya a estar en obras. Pero ojalá que lo esté, porque se desea en la ciudad mucho más que ser capital europea del deporte. Eso está claro.

Así que Zaragoza sí debe felicitarse de haber obtenido lo que perseguía y convertir 2027 –quería 2026 pero no ha podido ser– en un año importante para el deporte y para la ciudad. Un escaparate de nuevo para darse a conocer y quizá pulir su talón de Aquiles de cara a pelear por nuevos retos: la división política que otros sí tienen en el viejo continente.