Opinión | TERCERA PÁGINA

‘Buen viaje, Excelencia’

Franco había pretendido convertir a España en una inviable autarquía

El título del presente artículo es a su vez el de la película que, en el año 2002, rodó en clave de humor, el actor y director teatral Albert Boadella, sobre los últimos días del que durante 36 años (desde el 1 de abril de 1939, fin de la guerra civil, hasta el 20 de noviembre de 1975, día de su muerte) fue jefe del Estado español: el general Francisco Franco. En aquella película, su Excelencia (bordando al personaje) fue interpretado por el actor Ramón Fontseré.

Belchite fue uno de los escenarios del rodaje de aquel film y a quien estas líneas escribe, le cupo la satisfacción de poder trabajar (durante una apretada jornada de un frío día de octubre) como extra, interpretando el papel de un fanatizado falangista que aclamaba incondicionalmente a Franco durante una de sus habituales visitas inaugurales (cual fugaz míster Marshall) a distintas ciudades y pueblos de España.

En la película de Boadella, un Franco ya senil –que pasa los últimos días de su vida en el palacio de El Pardo– es el protagonista de unas divertidas extravagancias que llevan a su entorno militar y familiar a buscar la ayuda de una alemana: la doctora Müller (una especie de doctor Strangelove) para que devuelva al general su perdida cordura. Pero lo que no podían sospechar es que esa mujer, ganándose plenamente la confianza de Franco, acabará por convertirse en la mano derecha del Generalísimo.

A la muerte del dictador, según sus postreras palabras, todo parecía haber quedado atado y bien atado, más que eso: amortajado y bien bunkerizado, pero lo cierto es que la vitalidad que sacudía soterradamente a la población española, desbordaba con mucho los cauces angostos por los que la dictadura había querido encajonar sus sentimientos, aspiraciones e ideales de libertad –que no de libertinaje–.

Frente a su aislamiento internacional, Franco había pretendido convertir a España en una inviable autarquía, cuyas contradicciones (entre los ideologizados postulados y la cruda realidad de su materialización) provocaron no pocos dramas sociales –el de la despoblación, por ejemplo, de las zonas rurales que hoy en día padece España radica, en buena medida, en los faraónicos proyectos hídricos de la etapa final del franquismo– que pedían a gritos el final de la dictadura.

Arias Navarro, que había asumido la presidencia del Gobierno en diciembre de 1973, tras el asesinato, a manos de ETA, del almirante Carrero Blanco, fue a la vez que albacea del franquismo, personaje sobre el que pivotó, en un primer momento, el compromiso de una reforma política que iba a servir para levantar acta de un derribo: el de las instituciones franquistas. Derribo que, a su vez, habría de llegar de la mano de Juan Carlos I, proclamado rey de España el 22 de noviembre (dos días después de la muerte de Franco) de 1975.

El (no siempre fácil, por la crudeza del Régimen, pero necesario para la supervivencia) recurso al humor, fue la principal válvula de escape, a través de la cual la sociedad, española pudo manifestar su rechazo a la opresión de casi 40 años de dictadura.

Bien es verdad que, a veces, había sido el propio Franco quien (consciente o inconscientemente) había recurrido a él, como en aquella ocasión en que explicó lo que para el Régimen era la democracia: «Para nosotros, la democracia no es la explotación del hombre, ni de la masa, no es el hambre y la desesperación en los hogares, amparados en el formulismo de presentar unos nombres cada cuatro años y preguntar a cuál queréis, para que la masa, engañada, responda como los judíos a Pilatos: ¡A Barrabás!, ¡A Barrabás!».

Pero la mayoría de las veces el contrapunto a la dictadura llegaba de la retranca popular, como en aquella ocasión en que el que fuera ministro de Asuntos Exteriores de Franco, desde 1945 a 1957, Alberto Martín-Artajo, acompañó al Generalísimo a Sevilla, con ocasión de la inauguración de un pantano. La multitud, forzosamente allí congregada comenzó a vitorear al Caudillo y a su ministro: «Franco-Artajo», «Franco-Artajo». Pero pronto, se oyó la voz de un guasón que comenzó a gritar: «Ar Tajo no, ar Guadarquivir que está más cerca».

Como gran aficionado al cine que fue (Franco llegó a escribir bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade, en 1941, el guión de la película Raza) en 1964 –año en que se cumplían los 25 años del fin de la guerra civil– confió al cineasta José Luis Sáenz de Heredia el rodaje de una película conmemorativa, la cual llevó por título: Franco, ese hombre. Filmada a modo de documental, al final de la cinta es el propio director quien entrevista a Franco en la sala de cine que había habilitado en el palacio de El Pardo. Y atención a la pregunta: «Finalmente, Excelencia ¿somos los españoles tan difíciles de gobernar como creemos o como a veces se nos hace creer?». Y atención a la respuesta: «No, al contrario. Como hombres de gran temperamento, tenemos acentuadas nuestras cualidades que nos hacen tan duros para la lucha como nobles y constantes en el servicio de la paz...». Pues eso, que los españoles para el Generalísimo eran personas nobles y puras, pero con una patente necesidad de ser tutelados y guiados por un salvífico ser superior (Franco, por supuesto) que había asumido, por la gracias de Dios, la misión de guiarlos, dictatorialmente, por el camino recto.

El periodista Miguel Ángel Aguilar explicaba, a los pocos meses de la muerte de Franco, la visión que el Régimen de su Excelencia tenía sobre el sentido de la vida: algo muy parecido, para quienes hayan visto la película, a El show de Truman (1998): «Se pretendía que los españoles nacieran en el seno de una familia, vivieran avecindados en un municipio, e incluso que algunos de ellos trabajaran afiliados a un sindicato vertical y obligatorio. Sin embargo, el desconcierto surgió cuando algunos no se mostraron satisfechos y quisieron reclamar el derecho a pensar por cuenta propia».