Opinión

Amnistía y privilegio económico

Llevamos seis meses en shock como consecuencia del enésimo, pero no último, y vergonzante cambio de opinión del actual presidente de gobierno, votado y aplaudido además de manera entusiasta, cual estrella pop, en sede parlamentaria por 179 diputados y diputadas. En shock, sí. Porque desde el metaverso más absoluto a los ciudadanos de este país se nos está pidiendo aceptar el mantra de «(…) las circunstancias son las que son (…) hacer de la necesidad virtud». Y nos preguntamos, ¿de qué necesidad y virtud nos hablan? Evidentemente; la necesidad de intercambiar la impunidad jurídica de una clase política dirigente irresponsable que tensionó hasta el extremo absoluto una democracia de más de cuarenta años que tenía el encargo de proteger a una población de más de 46 millones de habitantes, que tras un marco jurídico de nueva planta declaró la independencia unilateral de una parte del Estado (suspendiéndola de inmediato) propiciando el traslado jurídico de multitud de empresas en aras de conservar el paraguas comunitario, que hicieron que miles de pequeños ahorradores se vieran apremiados en cuestión de días a retirar los ahorros de toda una vida de trabajo y sacrificio depositados en unas entidades financieras, que llegó a propiciar la quiebra de la convivencia de toda una sociedad. ¿Por qué virtud? ¿Que no lo saben? Evidentemente que por la subida del salario mínimo interprofesional, por el apoyo a prorrogar el cheque cultural o el abono transporte, por el doblaje de Netflix, por el carril bici. ¡Por un gobierno progresista!

Y desde ese matrix no solamente se nos está hurtando del derecho a decidir acerca de las cuestiones mollares de nuestra organización societaria, del contrato social que suscribieron nuestros yayos y padres allá por 1978 y que hemos heredado, sino que además se nos va a privar a las gentes que habitamos esos territorios más baldíos (esquilmados en términos demográficos durante décadas) de un progreso económico y social por el que nuestros mayores dieron lo mejor de ellos, con innumerables sacrificios. Por que el privilegio jurídico va acompañado, como no podía ser de otra manera, del privilegio económico. Y privilegio económico real, desprovisto de cualquier inteligencia artificial. En analógico vaya, como se ha hecho toda la vida. Antes en pesetas y ahora en euros.

Resultará menos romántico pero el dinero es el que es. Efectivamente; la segunda piedra filosofal (la primera recordemos situarse por encima de las consecuencias penales y administrativas establecidas por el máximo órgano jurisdiccional de un país) sobre la que pivota todo este sunami (democrático, claro). De ahí que un escenario de suma y resta nos deja a las claras las inversiones que se van a realizar en unos y en otros territorios, y en qué se van a beneficiar las gentes que los habitan, qué oportunidades de desarrollo y progreso económico y social tendrán sus habitantes. Porque no vale el cuento de las multimillonarias inversiones en instalar parques eólicos y fotovoltaicos… que ya en su día nos colaron todos los pantanos para que la energía hidroeléctrica que generaban sirviera a sus industrias y sus aguas regaran sus riberas, propiciando una inmigración infame que sirvió, aprovechando la situación de una mano de obra barata, para incrementar el desequilibrio, borrado de la memoria por cierto por parte de sus descendientes.

¿Y dónde nos quedará en todo esto la Travesía Central del Pirineo? No la busquen, no la encontrarán. ¿Y el hidrógeno verde? No se quejen, que les dejamos los molinos y las líneas de muy alta tensión y las grandes autopistas de evacuación. Sigamos alimentando el negocio, la condicionalidad estratégica y premiando la deslealtad.

Termino. El Sr. Lehendakari ya ha dicho «(…) lo que no está prohibido es posible (…)». Sentencia que causa escalofríos si nos ponemos a elucubrar y que todos podemos intuir en qué acabará. Y me pregunto. ¿Hasta cuándo es razonable aguantar el elogio constante, la excepción, la salvedad continuada y repetida en el tiempo? Y sobre todo, ¿por qué y para qué?