Opinión

Somos lo que comemos

Diversas investigaciones en el campo de la nutrición, refrendadas por la voz de muchos expertos de la salud, afirman que somos lo que comemos, pero… ¿somos realmente conscientes de qué comemos? Y no me estoy refiriendo a qué seleccionamos en el supermercado o en las tiendas de alimentación, sino a su origen en la huerta y en el campo. Paradójicamente, nuestra sociedad ensalza la labor de ciertas profesiones de enorme prestigio, en tanto que se olvida e incluso menosprecia el abnegado y duro trabajo de agricultores y ganaderos, tan íntimamente relacionado con la salud. Pues bien, a la hora de ignorar, somos campeones en todo lo relacionado con algunas prácticas claramente nocivas, como el recurso a dudosos artículos fitosanitarios o aditivos alimentarios de seguridad no confirmada y sometidos a constantes reevaluaciones. Con cierta persistencia, surgen noticias relevantes acerca del riesgo de ciertos productos y tratamientos, pero tales informes tienden a ser rápidamente desatentidos, muy a pesar de las protestas de organizaciones ecologistas y de consumidores. En tanto que las instituciones europeas hacen gala de una sensibilidad poco habitual en otros países del resto del mundo, apenas pueden evitar que por cualquier resquicio se cuelen peligrosas manipulaciones, alentadas por intereses económicos prevalentes. También olvidamos con mucha facilidad nuestra propia responsabilidad como consumidores, a la hora de escoger productos fuera de temporada o importados de lejanos países, relegando frutas y hortalizas cultivadas aquí mismo: frescas, de mayor calidad y sin necesidad de absurdos viajes (a veces de ida y vuelta) perfectamente eludibles. Sean ecológicos o simplemente autóctonos, bien merece la pena pagar, si fuera preciso, un poco más por tales productos. El planeta y nuestra salud lo agradecerán.