Opinión

La tregua en Gaza, una oportunidad

La mediación de Catar, el pequeño emirato que ha conseguido un statu quo singular en el corazón de Oriente Medio, ha servido para negociar, junto a Estados Unidos y Egipto, una tregua de cuatro días en Gaza que permitirá un intercambio de rehenes israelíes por presos palestinos sin delitos de sangre, que podría extenderse varias jornadas más toda vez que Israel se aviene a prolongarla a razón de diez rehenes más por día.

El viejo conflicto de Oriente Próximo, que se reabrió el pasado 7 de septiembre con una oleada sanguinaria de atentados de Hamás sobre las zonas israelíes contiguas a la Franja, ha sido un estallido in extremis que ha reavivado brutalmente un conflicto siempre latente, con demasiados muertos y sufrimientos a la espalda, pero que amagaba con adormecerse por la posición del islamismo moderado. El reconocimiento de Israel por Marruecos, primero, había abierto la puerta a un paso semejante por parte de Arabia Saudí, y Hamás decidió frenarlo por la vía del terror. La reapertura de la confrontación ha supuesto un saldo horrendo de muerte y destrucción, sobre todo para la parte palestina, dado que la contención no ha guiado, precisamente, la respuesta israelí.

El enclave de Catar, un pequeño Estado autoritario que posee la mayor base norteamericana de la región y que al mismo tiempo financia a Hamás y a otros fundamentalismos, ha sido el crisol de una operación de grandes vuelos consumada tras la reunión de Joe Biden y Xi Jinping en San Francisco el pasado día 16. La cumbre entre las dos potencias, que patrocinan a sunís y chiís respectivamente, acotaba el conflicto y garantizaba su no propagación, lo que abría la puerta a una tregua que no podía demorarse más.

Israel, cuyo primer ministro se tambalea por su fallo a la hora de prevenir un ataque masivo como el del 7-O, ha indignado a la opinión pública internacional con su desmesurada actuación militar, que trata de destruir a Hamás pero sin medir los efectos sobre una población civil palestina a la que se ha puesto en una situación de vulnerabilidad inaceptable, violándose también todas las reglas de la guerra. Estados Unidos, por su parte, vive una fuerte disputa interna entre los incondicionales de Israel y quienes no están dispuestos a dejar pasar las denuncias de crímenes de guerra .

Ahora, las partes deberán administrar con inteligencia la oportunidad que ofrece la tregua recién obtenida, aprovechándola, si es posible, para poner fin a la guerra o, por lo menos, para rebajar sensiblemente la actividad bélica y abrir la puerta a una negociación que, por razones obvias, no será útil ni creíble si no aborda el enfrentamiento en su dimensión integral: los hechos demuestran que no es sostenible la actual forma de coexistencia, lo que abre de nuevo paso a la fórmula de dos estados, el palestino y el israelí, como apunta la UE, con la supervisión de la comunidad internacional y garantías de seguridad para ambas partes.

Netanyahu ha formado un gobierno de concentración pero probablemente su presencia y lo cuestionado que está no ayuda, en estos momentos, a encontrar una salida rápida al conflicto. Quizás la solución esté en otra delegación más transversal de Israel que, en una conferencia internacional de paz (España ofrece ser sede durante la cumbre mediterránea de Barcelona), acunada por las grandes potencias, ponga los cimientos para estabilizar definitivamente la región.