Opinión

Concordia

Para ellos y ellas lo que sucedió en los 40 años anteriores a la democracia no cuenta

Ayer jueves en las Cortes de Aragón, el Gobierno de Aragón, una vez iniciada la derogación de la ley de Memoria Democrática, presenta un «plan de concordia y reconciliación».

¿Pueden hablar de concordia quienes llevan meses llamando a la bronca y el esperpento?, ¿quienes fomentan la división?, ¿quienes acusan de ilegal e ilegítimo a un gobierno que sale elegido del Parlamento?, ¿quienes no reconocen la pluralidad del país en el que Aragón está?, ¿quienes no aceptan la pluralidad lingüística de esta tierra?, ¿quienes añoran el franquismo?.

Un acto de concordia solo es posible si se dan las adecuadas circunstancias de acuerdo, de empatía, de armonía si quieren, entre las partes o personas que concuerdan. La concordia, la sana, la honesta, la buena, es un acto de conformidad, unión, armonía, acuerdo, consenso, avenencia, paz, reciprocidad, compañerismo, cordialidad, camaradería, amistad, hermandad, fraternidad.

¿Tiene algo de eso la propuesta que, amparados en su mayoría absoluta, presentan?

Pues evidentemente no. La «concordia» propuesta es unilateral, es de una sola parte. Acaban de hacer su particular homenaje al dictador cuando, el 20-N, dan un pisotón de bota y anuncian la derogación de una ley que, por primera vez en 45 años de democracia, abría posibilidades para que, en esta tierra, se localizaran fosas, se identificara y devolviera la dignidad a quienes fueron asesinados/as y arrojados/as a cunetas y barrancos. Por primera vez se hablaba de incluir la Memoria Democrática en los currículos escolares. Por primera vez se hablaba de verdad, memoria, justicia y reparación.

Es evidente que eso, la verdad, la justicia, la reparación y la dignidad de las víctimas del franquismo molesta a la ultraderecha y molesta al Sr. Azcón que mantiene en su gobierno a declarados/as admiradores/as del franquismo.

Quienes hoy nos hablan de concordia están diciendo que pasemos página, que miremos hacia el futuro, que no reabramos heridas. Su instinto carpetovetónico represor no les deja ver que una democracia sana necesita superar los tópicos y desmontar los mitos y las tergiversaciones de las políticas de memoria impuestas por la dictadura franquista.

La Memoria democrática permite la construcción de un relato veraz de lo ocurrido, posibilita la recuperación de la memoria individual y colectiva de las víctimas del golpe de estado, de la guerra, de la dictadura franquista y de la transición a la democracia. Solamente la Memoria Democrática permitirá superar el trauma generado y sufrido por la violencia y el miedo impuestos a lo largo de toda la dictadura.

Memoria Democrática es saber que un golpe de estado derribó el Gobierno constitucional de la II República. Que la sublevación fue apoyada por la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini. Que ese golpe de Estado provocó una guerra sangrienta de tres años. Memoria Democrática es saber que el franquismo es responsable, además del medio millón de muertos en la guerra, del asesinato de más de 120.000 personas, de las 280.000 personas encerradas en campos de concentración, de los 155.000 trabajadores esclavos, de los/as 50.000 docentes depurados/as, de los 33.000 bebés robados, de las 53.500 personas detenidas y encausadas por el Tribunal de orden Público (TOP) entre 1963 y 1976 y de que la franquista Ley de Peligrosidad Social condenara a 21.000 personas entre 1970 y 1979. Añadan a ello las torturas, el medio millón de exiliados/as, el castigo y represión generalizada de las mujeres y los 40 años sin derechos ni libertades.

La desfachatez con la que, quienes no han condenado nada de esto y miran para otro lado ante los crímenes y violaciones de derechos del franquismo, vienen ahora hablando de «concordia» es inaudita. Llevamos más de 45 años reclamando que sea condenado el franquismo, que se reconozca el daño y dolor causado a las víctimas que provocó, pero para esta gente «conciliadora» no es necesario condenar el régimen, ni es necesario, como reclaman la ONU y otros organismos internacionales, investigar y juzgar los crímenes de lesa humanidad, ni las víctimas se merecen el más mínimo reconocimiento.

Nos hablan de «concordia», quieren que pasemos página. Pero su libro empieza en 1978. Para ellos y ellas lo que sucedió en los 40 años anteriores no cuenta. No quieren leer las páginas anteriores, quieren arrancarlas. Para los y las demás el libro empieza mucho antes, la historia viene de lejos. Nosotros y nosotras queremos leer todas las páginas, conocerlas y entenderlas. Por eso siempre, pero hoy con más razón, seguimos reclamando Memoria, Verdad, Justicia y Reparación.