Opinión

Investidura (III)

De cómo la política se ha complicado, aún a riesgo de su inviabilidad

Por fin hay investidura de Sánchez. ¿A qué precio? Como ya he dicho en otro momento, el futuro lo dirá. Por un lado, están los pactos con los nacionalistas, los aspectos de «reconocimiento nacional» y las contrapartidas económicas, junto a la interlocución privilegiada de Estado a estado con Euskadi y Cataluña, que dan auténtico terror por lo que supone de menosprecio y desigualdad con el resto de las CCAA. Se habla mucho de la Ley de Amnistía, pero a mí me parecen más peligrosos los pactos nacionalistas, que sí me parecen inconstitucionales.

En mis artículos anteriores, me he puesto en el lugar de unos y otros, tanto de los agentes actuantes como de los articulistas y opinadores. Es la única manera de debatir. De lo contrario, son monólogos enfrentados. Los agentes actuantes (Sánchez y los nacionalismos catalán y vasco) han ido a lo suyo: Sánchez a por la investidura y los nacionalismos a contentar a sus votantes y a chantajear al gobierno español. De ahí ha salido una ley bastante pulcra, aunque peligrosa, con resultado político imprevisible y que introduce una derivada de legislatura casi inviable. Pero también están los pactos firmados, que son auténtica pólvora aún sin estallar, a no ser que todos los interlocutores den por hecho que Sánchez los va a abducir, jibarizando todas las barbaridades incluidas en los citados pactos. Sin embargo, la situación tiene un aspecto enormemente positivo: que no nos gobierna la derecha-ultraderecha, que se tiene que conformar con una conducta hiperbólica de concentraciones y declaraciones auténticamente fuera de lugar y negando la legitimidad a un gobierno impecablemente democrático. Quizás ése sea el asunto más grave de la España actual, la polarización y enfrentamiento de (otra vez) las dos Españas. Frente al nacionalismo periférico ha surgido un nacionalismo español, próximo al fascismo, que imposibilita cualquier acuerdo de Estado. Tampoco Sánchez pelea mucho por ello.

Tras las elecciones del 23 de julio último, pocas salidas había: 1) La que ha hecho Sánchez; 2) Que el PSOE votara al PP como partido más votado, y que gobernaría junto a Vox; y 3) Nuevas elecciones, con una alta posibilidad de que el PP-Vox podrían ganar con suficiente mayoría. O como mínimo, con los mismos resultados del 23 de julio. Salió adelante la primera opción. Ello supone que el PSOE gobernará, está gobernando, con el chantaje permanente de los nacionalismos, que son insaciables y que cada vez que hablan lo hacen insultando y menospreciando al resto de los españoles, desde un supremacismo insoportable e inconstitucional. Incluso el único aspecto que sí es constitucional (por el mero hecho de que lo recoge la Constitución), el concierto vasco-navarro, es injusto y gravoso para el resto de españoles.

Ahora Cataluña lo quiere también, además de la amnistía. No creo que haya puchero para todos.

Si la letra de los pactos nacionalistas se cumple, estaríamos ante una relación confederal del Estado español con Euskadi y Cataluña, de igual a igual, y el resto de CCAA postradas en un estado de auténtica sumisión político-económica. Sería auténticamente inviable, aparte de injusto.

Del resultado habido solo cabe concluir que PP-Vox no gobiernan y que no se sabe muy bien quién y cómo va a gobernar. La situación es verdaderamente complicada y un tanto surrealista. Tan es así que si Sánchez consigue finalizar la legislatura habría conseguido la cuadratura del círculo. Auténtica labor de trapecista en su máximo momento del «más difícil todavía». ¿Estamos en un circo político? Yo más bien lo veo como una tragedia griega, o como un sofisma silogístico en el que cualquier salida va a ser virulenta. ¿Dónde ha quedado el racionalismo, característica básica de cualquier política sensata?

Es difícil seguir elucubrando, aún con la mejor de las disposiciones posibles. La salida es muy difícil y la sociedad española asiste impasible a un acontecimiento nunca visto. Que, por cierto, tiene bastantes concomitancias con el final de la Segunda República, con la suerte de que los tiempos han evolucionado y las respectivas sociedades han cambiado radicalmente. Incluido el referéndum de autodeterminación, que no lo veo posible ni creo que los catalanes tampoco lo quieran. Los vascos ya han renunciado a la independencia. Si los pactos firmados se cumpliesen (espero que no) la situación de vascos y catalanes sería envidiable.

Ante mi incapacidad para seguir reflexionando sobre el momento actual de la política española, finalizo mi incursión y me encomiendo a los dioses y que ellos nos sean favorables. Amén.