Opinión

‘Superwoman’

La conciliación de la vida profesional con la familiar supone siempre una mayor complicación y dificultad para la mujer madre de niños pequeños que requieren una dedicación inmensa y, en la práctica, a tiempo completo durante la primera infancia. Casi siempre, tras la imposibilidad de proporcionar a los peques la atención que precisan, surge un sentimiento de culpabilidad, un malestar emocional injusto que apremia a la madre a renunciar a parte de su propia vida, pues habrá de olvidarse de ella misma para vivir pendiente de los demás. La mujer en nuestra sociedad nunca ha dejado de ser la primera y abnegada responsable del cuidado de quienes la rodean, sean niños, mayores, enfermos o dependientes por cualquier razón. Un peso excesivo que la obliga a una entrega absoluta y a contener la expresión de sus sentimientos, a ocultar sus emociones, dolor y agotamiento tras una máscara de entereza, pagando un elevado precio, a veces insoportable. Las normas y decretos que persiguen la igualdad de género seguirán siendo muy limitadas mientras ignoren la situación de la mujer pluriempleada. La reclusión domiciliaria durante la pandemia supuso una cierta tregua merced al teletrabajo y la obligada presencia y colaboración hogareña de todos los miembros de la familia, pero cuando los peques han vuelto a guarderías y colegios, con horarios y situaciones incompatibles, como es el caso de cualquier trastorno o contagio que requiera asistencia en casa, las viejas y conocidas cuitas han resurgido de nuevo. Y la patente penalización femenina por solventar cualquier incidencia temporal o permanente, ni siquiera tiene un reconocimiento mínimamente tangible en las condiciones y pensión de jubilación (suponiendo que esta pueda alcanzarse), ni aún menos puede eludir el abrumador y pernicioso peaje en su trayectoria y promoción profesional.