Opinión

Respeto contra odio

En estos momentos España vive en una continua e interminable competición de inquina

La RAE define la palabra odio como «Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea». Quizás en la definición no nos hayamos percatado de lo roñosa que es la palabrita, pero estoy seguro de que últimamente todos hemos visto la roña del odio como una plaga en las calles, en los pronunciamientos y en los escritos y es que, por razones poco determinadas, la roña se nos ha metido en el alma. Hay otra palabra: discutir, a la que la RAE le da la siguiente definición: "Contender y alegar razones contra el parecer de alguien". Es curioso que en las dos acepciones hay algo que las concuerda: la discrepancia de criterios, pero, por el contrario, también hay algo que las diferencia: el odio desea el mal de alguien y en el acto de discutir se alegan razones con la intención de convencer o entender.

Pues, y aunque me pese decirlo, en este país no se discute, se odia a quien no piensa como nosotros y este es el permanente campo de batalla que nos atrinchera en las dos Españas, y es curioso que lo tenemos como modelo único que aplicamos a todas las facetas de nuestra vida. El odio: el leitmotiv de cualquier ciudadano. Lo vemos reflejado en el fútbol, consideramos que la diversión y el placer se producen solo si ganan los nuestros y, además, vemos hundidos a los adversarios, pero hay un peldaño más que nos da el porcentaje de animadversión que alguien puede llegar a tener: cuando es nuestro equipo el perdedor el sentimiento de repulsa hacia él es incontrolable y entonces es este al que miramos mal. Luego están todos esos grupos que solo entienden la vida pegándose con el de enfrente y pienso, ¿en alguna ocasión reflexionarán sobre adónde les conduce esa forma de ser? Creo que no y, es más, me atrevería a afirmar que nunca reflexionan.

En estos momentos España vive en una continua e interminable competición de odio. Comprender las ideas del que tenemos enfrente no forma parte del espíritu racional que debe predominar por encima de cualquier otro en una civilización racional, ya que obviamente no estamos en Los juegos del hambre. Para Simone Weil, filósofa francesa, es fundamental preguntarnos qué debemos a los demás, en lugar de lo que los demás nos deben a nosotros. Es necesario que nuestros esfuerzos nos conduzcan hacia la búsqueda de intereses comunes ya que de esta manera todos nos veremos como iguales.

Y la igualdad empieza desde el inicio por lo que, ante todo, debemos ser capaces de entender que los niños son la siguiente generación, no son la nuestra y, por tanto, no debemos intentar que ellos continúen siendo nosotros, eso significaría suplantarles su identidad. Nuestra responsabilidad es dejar los caminos limpios y allanados para que ellos puedan hacer circular sus vidas. La especie humana, como el resto, es un sistema de continuidad, como una cadena a la que se le van añadiendo eslabones, nada termina con nosotros, solo somos un paso más. Pero volviendo a Simone Weil, esta entiende que la educación de los más jóvenes debe ser una formación específica en el desarrollo de la atención, algo imprescindible en tiempos de informaciones infinitas.

Pero sigamos hablando de igualdad. Otra parte de la sociedad es la que conforman las mujeres, el 50%, o sea la mitad de ella y, aunque hoy en día es impensable, hubo un tiempo en el que eran como el cuarto trastero donde va a parar todo aquello que no sirve o solo sirve para de vez en cuando. Me reitero de que esa concepción del género femenino es de antaño, o por lo menos eso espero. Pero más allá de cuartos trasteros, la señora Cárdenas, experta en políticas de igualdad, asevera que «La identidad femenina está todavía medida por la mirada masculina». Esta posición, que, por desgracia, durante siglos ha vivido la mujer, está basada en dos pilares que hemos construido los hombres (entiéndase género masculino). El primero, el miedo a la competencia, pensando que podíamos ser reemplazados en nuestro papel de predominio en la especie. Y, el segundo, por puro egoísmo: no responsabilizándonos en lo referente a la continuidad de la especie, lo que ha derivado en una esclavitud permanente de las portadoras de vida de nuestros hijos. Y todo esto es debido a una sola cuestión: haber basado nuestra posición en la fuerza física. Es necesario que, de una vez por todas, entendamos que recomponer toda esta barbarie es muy sencillo, se trata de aceptar que hombres y mujeres somos iguales.

Podríamos continuar en llamar la atención sobre cómo nuestra especie se ha convertido en un sindiós, una sociedad basada en continuas luchas que permite la preponderancia de unos sobre otros. Pero hemos ido aún más lejos: ¿qué posición tienen las personas mayores en la sociedad? Las sacamos del entorno familiar con la excusa de que en una residencia estarán mejor atendidas, sin remordimientos porque como decía un slogan de comida infantil: «Una buena madre no es la que pasa más tiempo en la cocina, sino la que da a sus hijos lo mejor que puede darles», traducido: a golpe de talonario todo es fácil, pero ahí están los abuelos en fríos hoteles de lujo, cuando lo son, donde el abrazo del ser querido se hace esperar. Sin comentarios.

En definitiva, cuestiones como convivencia y solidaridad están siendo palabras en desuso. De esta forma no es fácil que salgamos de nuestras trincheras, que caminemos unos junto a otros y que conjuguemos intereses. Esta pretensión no es nueva, ya, antaño, Marco Tulio Cicerón escribía, «Hemos nacido para unirnos con nuestros semejantes y vivir en comunidad con la especie humana». Continuemos con soluciones sencillas. Se trata de que la educación proporcione el entendimiento al respeto y a la igualdad, porque es la única manera de poder ser personas y ciudadanos.