Opinión

Turismo con optimismo y responsabilidad

Después del confinamiento por la pandemia, empezó a extenderse el uso de una expresión que evocaba un fenómeno que se producía a escala global: el turismo de venganza. Se refería así a las ganas de viajar después de meses con limitaciones de movimientos y tuvo su apogeo en 2022, cuando se relajaron prácticamente todas las restricciones. Este año, puede que ya no quepa hablar de turismo de venganza, pero sigue viva en buena parte de la población –entre aquella que se lo puede permitir– la voluntad de marchar a otros lugares cuando se juntan unos días de fiesta. Disfrutar de lo inmediato ante las incertidumbres futuras. Quizá por eso, y a pesar de la inflación que lo ha encarecido todo, 2022 fue el año del inicio de la recuperación del turismo en España, y este 2023 será el de la consolidación. El camino de la normalización también se percibe en la recuperación progresiva del componente internacional: crece el número de viajeros españoles que eligen destinos en el extranjero, y asimismo más foráneos visitan España. El optimismo del sector en el pasado verano se repite ahora en el puente de la Constitución, en el que hoteleros, agencias y compañías de transporte coinciden en remarcar el buen ritmo de las reservas.

Esta semana en que coinciden dos días festivos, el miércoles 6 y el viernes 8, se considera el preámbulo de una campaña navideña que será igualmente positiva y que cerrará un año que, en cuanto a demanda turística, será similar o incluso por encima de los niveles de 2019. Cosa diferente, recalcan los empresarios, es la rentabilidad, puesto que aunque los ingresos son superiores (fruto de la mayor demanda y del aumento de precios), al haber subido también los costes (en especial, los energéticos), los beneficios no acompañan al mismo nivel que las ventas.

Las ganas de recuperar el terreno perdido llenará también de afluencia las tiendas, especialmente los grandes ejes de las ciudades y los centros comerciales, que estos días festivos podrán abrir. Pero la aglomeración no significará necesariamente muchas más ventas, ya que la inflación sigue frenando las decisiones de compra menos básicas.

El consumo tiene un evidente factor económico, pero también emocional: se asocia al estado de ánimo del comprador. Que las reservas hoteleras superen el 80% y las calles comerciales se llenen de visitantes a las puertas de la Navidad se puede interpretar así como una buena señal. El IPC se modera poco a poco y el euríbor suaviza la subida de las hipotecas. La economía aprieta, pero menos. En un país dependiente del turismo y la hostelería, hay que felicitarse de su recuperación. Pero no estaría de más reflexionar sobre el futuro de este importante sector generador de empleo. Si el parón del covid fue una época crítica, afortunadamente superada, hay otros desafíos a los que hay que hacer frente. El cambio climático es posiblemente el principal. El modelo de sol y playa puede verse afectado por el aumento de las temperaturas y la pérdida de arena por tormentas, cada vez con más frecuencia. La escasez de agua obliga también a una gestión eficiente de este recurso en las infraestructuras turísticas. La industria debe adaptarse –ya hay ejemplos notables– a este replanteamiento, pero también los ciudadanos deben sumarse a un consumo responsable. Este año será un buen año turístico, hay que seguir trabajando para que los siguientes también lo sean.