Opinión

Santa Ilustración

Queda hoy alguna certeza? Muchas, pero pequeñas, parciales, efímeros agarraderos afectivos. Si hasta la verdad científica está cuestionada por antivacunas, terraplanistas, negacionistas del cambio climático y demás fauna esotérica... La trituradora posmoderna, con el exponente de la digitalización participativa, ha dejado arrasado el huerto de las creencias contemporáneas. Y en ese caos de fandoms, paradójicamente, hacen su agosto los vendedores de verdades absolutas y remedios fáciles. De ahí el auge de los populismos de todo cuño, el imperio de la ultraderecha y su reaccionaria guerra cultural. No he sido nunca muy partidario de aferrarme a verdades, pero en estos tiempos de carcoma y zozobra hay constructos filosóficos que resultan prácticos y a los que conviene abonarse. Una de esas escasas amarras hoy necesarias son las ideas políticas alumbradas en la Ilustración. Cuando se levantan las banderas nacionalistas, neofascistas o populistas tenemos que correr a refugiarnos en los derechos del hombre, la ciudadanía o el sufragio universal. Esos axiomas ilustrados, que los posmodernos quisieron relativizar, en medio del temporal actual son los puertos más seguros.

Vaya deriva filosófica…, podrán pensar; sin embargo, esto tiene sus aplicaciones muy prácticas en el día a día de nuestra política. El empeño de la Derecha (así meto a todas, incluidas la mediática, económica, judicial y eclesiástica) en imponer el sagrado derecho de la Nación española –otro constructo– por encima de la aritmética parlamentaria es un atentado a esa herencia de la democracia liberal dieciochesca. La nación ilustrada era el conjunto de los ciudadanos y su voluntad manifestada en las urnas. Priorizar el derecho esencial de la nación, vinculado a una idea romántica o etnicista del volk (pueblo), es una receta reaccionaria que ha escrito las peores páginas de la Historia. ¡Larga vida a la Ilustración política!