Opinión

Ni suman ni se puede

Lo que mal empieza mal acaba, dice el refrán. Podemos, sobre todo su vieja guardia, fue a las elecciones de julio más obligado por la coyuntura que por convencimiento y haciendo de tripas corazón. Era el golpe definitivo de Yolanda Díaz para eclipsar definitivamente el proyecto de Pablo Iglesias de reformar el sistema bipartidista y las políticas sociales de nuestro país. La intención de la formación morada siempre fue buena, desde la plaza de Sol hasta la del Pilar. El problema nunca fue el objetivo, sino las formas de lograrlo, porque a veces uno acaba convirtiéndose en lo que critica y no se le puede culpar por ello. El poder es así, transforma a quien lo tiene.

El goteo de dimisiones y escisiones de distintas delegaciones territoriales de la formación morada desde su refundación o Vistalegre II en 2017, donde Iglesias consiguió el control absoluto frente a Íñigo Errejón, fueron el inicio del fin. De la famosa fotografía de los creadores del autodenominado partido de la gente capaz de asaltar los cielos se iban borrando caras a medida que ganaba representación parlamentaria. Por no hablar de la monopolización de Iglesias, que fagocitó cualquier movimiento interno o externo que no llevara su sello. Lo mismo ha pasado ahora con otro nombre; que Irene Montero no se haya sentado en el último Consejo de ministros ha tirado por el desagüe cualquier tipo de posibilidad de supervivencia de Podemos en el futuro. También ha influido la estrategia de asfixia y anulación de la líder de Sumar hacia sus hasta ahora socios.

No nos engañemos, cualquier tipo de discusión en el seno de un partido es cosa de nombre propios: la elaboración de listas electorales para asegurarse afines en una u otra institución, los presidentes de una comisión, los portavoces o los secretarios de organización de los partidos políticos, los ministros… detrás de las mayores traiciones siempre se esconde un nombre propio o varios, los de aquellos que se han sentido ninguneados o directamente apartados por el líder.

Tampoco hay que atribuirle toda la responsabilidad a Iglesias y Montero de lo que ha sucedido. El primero consiguió y afianzó su liderazgo siempre gracias al apoyo mayoritario de su gente. La segunda, por el empecinamiento de algunos responsables de la formación morada por sacudirse cualquier responsabilidad derivada de su proyecto estrella, la ley del sí es sí, cuyo fracaso en la práctica es, en cualquier caso, compartido con el Ministerio de Justicia, que es quien debía darle la forma legal.

Con la marcha de sus cinco diputados al grupo mixto, Podemos buscará el protagonismo que Yolanda Díaz le ha negado y necesitan para seguir teniendo relevancia política. Sabe que puede acabar como Ciudadanos. Pedro Sánchez, en cambio, sí suma: un nuevo actor con el que negociar por separado. Por si tuviera pocos.