Opinión | SALÓN DORADO

El desastre de la Educación

Cada tres años se publica el Informe PISA sobre el estado de la Educación en el mundo; desconozco su grado de fiabilidad, pero parece claro que España va a peor, a mucho peor. Los datos que esta misma semana se han dado a conocer son demoledores, con algunas excepciones como la Comunidad de Castilla y León.

Educación, Sanidad y Justicia son los tres pilares en los que se asienta un Estado democrático y progresista, porque son las bases de los derechos fundamentales que garantizan la libertad y la igualdad. En España no es así, tal vez porque la casta política, cada día más casta y más inculta, prefiere ciudadanos acríticos e idiotas.

Basta con repasar declaraciones y acciones de algunos políticos en el gobierno para percibir con nitidez que esto va a peor; y la oposición no anda a la zaga.

La señora ministra de Educación y Deporte suele atropellar de vez en cuando la lengua española, cuando dice «semos» donde debería decir «somos»; por eso debe de ser tan bajo el nivel en Literatura. El ministro de Cultura dice que un lustro son «veinticinco años»; por eso es tan bajísimo el nivel en Matemáticas. El presidente del Gobierno nombra como embajador en la Unesco a un exministro de Cultura cuyo único mérito cultural conocido es que bailó, o algo parecido, en un mitin. La portavoz de Sumar en el Congreso dice que la salida de los cinco miembros de Podemos de ese grupo parlamentario es una «traición fragante», cuando debería haber dicho «flagrante», salvo que esta señora se refiriera a que se han ido en «olor de multitud», que es la expresión correcta, aunque malsonante, que los modernos finolis suelen sustituir por «loor de multitud», que suena más elegante pero es incorrecto. Claro que la señora portavoz de Sumar ignora que «fragante» se refiere a un olor suave y delicado, que no creo que fuera esa su intención al calificar así la actitud de los cinco rebeldes, quienes, por cierto, se van del grupo pero se quedan con los cinco escaños; menudos son.

Claro que la guinda de todo este pastel de despropósitos educativos lo protagoniza la señora del presidente del Gobierno, que desde hace un lustro (son cinco años, señor ministro), codirige un máster en una cátedra de la universidad Complutense de Madrid, sin que posea ni formación ni título oficial alguno para dar clases universitarias, salvo que su relación conyugal la faculte para ese puesto, que no conozco los Estatutos de la Complutense y a lo mejor se computa como mérito para educar a los alumnos de tan prestigiosa institución.