Opinión | FUERA DE CAMPO

Españita ante el espejo

Españita ya tiene su propio filón Marvel de héroes y heroínas, sumando además algún que otro juguete roto, para poner en la agenda el relato entre bambalinas de nuestro pasado más reciente: Camilo, Bosé, Nacho, Nadiuska, Loco Mía, Cristo y Bárbara son sólo algunos de los nombres propios que han sido rescatados y retratados, entre la épica y el punto de sal sentimental. Esto no lo supera ni Hannah Montana. En cine, el reflejo de este buen hacer puede verse en Saben aquell de David Trueba. Coescrita a cuatro manos con ese hombre amarillo y maravilla llamado Albert Espinosa, gracias a un guion muy bien trenzado y trazado, la figura de Eugenio sobrecoge desde una medida poética de la crónica, los chistes y las canciones, regalando intimidad tripas adentro, con un David Verdaguer superlativo en contención y gestos, listo para recoger su Goya.

Situada en el tránsito social de Españita, con Labordeta sonando desde unos esperanzados balcones abiertos de par en par, Trueba ha entendido que mostrar un puñado de detalles sobre la vida del artista vale más que cualquier docudrama o biopic al uso. Y con el sonido, recuerden, de la oscense Yasmina Praderas, doblemente nominada, también por Campeones. A veces el éxito del paisaje consiste en saber relatar la respiración de sus personajes, los latidos, las querencias y los sueños, cómo miran y andan, y todos esos movimientos robados que atrapan una escena que es misterio y ritual. Todo para mostrar que son, que somos, héroes con pies de barro ante el espejo chillón de nuestra pequeñez.

Hay un estupendo libro de José Luis Sánchez Noriega titulado La pantalla plateada (Ursa Maior) donde este gran maestro del cine comparte varios de sus ensayos sobre los espejos en el séptimo arte. Entre la sugerencia, la reflexión y la metáfora, el espejo acostumbra ser ejercicio de sinceridad y descubrimiento. En la cinta de Trueba, los camerinos de bombillas eléctricas e incandescentes de Eugenio revelan los estados de ánimo de su biografía, lugares fetiche ante los dilemas como en Eva al desnudo de Mankiewicz, o en Noche de estreno de Casavettes, un espejo que muchas veces es juez y bálsamo a la vez, así como desdoble del personaje del otro lado siempre en pulso y batalla. Escisión ante el cristal, pero también autorretrato del alma.

El espejo invita a la desnudez, «para eliminar la máscara que oculta la verdadera identidad, voluntad o posición moral», apunta Sánchez Noriega, y así lo harán Eugenio y su compañera Conchita. Como recuerdan Clementina Calero y Gonzalo Pavés, hasta Séneca aconsejaba a los más jóvenes a aprender a «mirarse en el espejo para tomar conciencia de sí». Tomen nota, instagramers. Y como en las coplas de Jorge Manrique, en Saben aquell todos somos esos reflejos «que van a dar en la mar». Con Eugenio, nos reconocemos tímidamente como Españita, un Estado que intenta mirarse de reojo para recuperar su autoestima, y cuyos destellos de humanidad continúan dorados y hasta con brillo en el ya vidrio de la vida.