Opinión | LA RÚBRICA

‘Leñinismo’

Los asalariados de la realidad vemos cómo la inflación de la información sube el precio de la verdad

La exageración es una rama de la mentira. Así lo sentenciaba, sin acritud, el escritor aragonés Baltasar Gracián. La hipérbole está sobrevalorada por definición. Magnificamos las experiencias para llamar la atención porque lo cualitativo exige razonar. Destacar por la cantidad es más sencillo que valorar la calidad. La informática apunta a los ordenadores cuánticos como horizonte de futuro. Yo escucho hablar de cúbits y supongo que se refiere al tiempo indeterminado que me lleva resolver el cubo de Rubik. A lo que iba, el caso es que cada día nos levantamos para actuar y descansamos tras finalizar la función. Pero no es necesario llenar de angustia la dramatización, ni abusar de las propias risas enlatadas, para ejercer de falsos comediantes. El problema no es que nos silbe el público sino que no se levante el telón. Exageramos la realidad porque nos desenvolvemos mejor en la apariencia. Somos unos falsos tan veraces que la certeza es pura ficción. Nos tomamos los propios reveses cotidianos como si fueran tremebundos, pero vemos las injusticias ajenas con la lejanía de la indiferencia. Denunciamos que otros desorbitan sus problemas, elevándolos al absurdo, mientras lamentamos que nadie nos socorra al ser arrastrados por el tsunami de la gota de agua que nos inunda.

El humor grueso está lleno de exageraciones que buscan una carcajada tan instantánea como caduca. En cambio, la ironía es minimalista y consigue una sonrisa imperecedera. El enfado desmedido es incompatible con el malestar sensato. La bondad infinita es tan artificial como las creencias que la predican. Los cuentistas, como mi compañero de columna, viven de una sana ilusión que las religiones pervierten exagerando la vida terrenal hasta una supuesta eternidad.

Exageramos tanto la exageración que nos exasperamos si no soliviantamos. La prevención es víctima de la desmesura. Si agigantamos los miedos, el temor de la ansiedad se apodera de la precaución y desarbolamos la lógica que nos lleva a ser cautos. En ese momento la información racional ya se ha rendido en nuestro cerebro al pánico emocional.

El histrionismo es el capitalismo de la personalidad. Lo consumimos tanto como lo asumimos. Aunque sólo beneficia a quienes tienen el monopolio de su producción. Los asalariados de la realidad vemos cómo la inflación de la información sube el precio de la verdad. En cambio, los dividendos de la mentira engrosan la cuenta de los poderosos.

Aceptamos que la salud mental forma parte de la calidad de vida, pero normalizamos y aceptamos comportamientos patológicos al relacionarnos socialmente. Esto repercute negativamente en quienes son bombardeados por soflamas tan gruesas como irrefutables. Nos quejamos de lo que alimentamos.

El trastorno histriónico de la personalidad se diagnostica en personas que manifiestan un patrón generalizado de excesiva emocionalidad y llaman la atención de forma insistente. Son individuos que se sienten incómodos si no son el centro de cualquier situación. Suelen tener un comportamiento seductor inapropiado hacia los demás. Modifican sus emociones de forma súbita y las expresan de forma plana. Tienen un discurso vago y poco detallado. Teatralizan en exceso, son muy influenciables y utilizan su apariencia física como reclamo. La psicoterapia ayuda a estas personas con una cura de humildad.

No se preocupe si se ve reflejado de forma aislada en alguna de las anteriores afirmaciones. Probablemente no necesita apoyo profesional. Lo que sí está claro es que vivirá más feliz si no exagera tanto y se muestra escéptico con las amplificaciones que le llegan. La hiperexigencia propia es una exageración muy dañina contra nuestra personalidad y capacidad. Si todo es monumental perdemos la habilidad de adaptarnos a un medio que es natural. Les recomiendo que utilicen respuestas adecuadas para estímulos que son normales, aunque vengan inflamados por el entorno.

El leñinismo es la ideología del extremismo. Desde Abascal a Pablo Iglesias, todos quieren una estatua en el museo de figurantes en Colón para dar y pulir cera. La exageración de repartir leña verbal ofusca el intelecto y quiere sustituir la razón del cerebro por el empuje de las hormonas. Pretende que los humanos utilicen menos la inteligencia y más la hormoligencia. Este movimiento retro hacia lo homínido se está consolidando en las derechas conservadoras y ultras de la capital de España. No les exagero si les digo que la nueva ideología ya ha sido bautizada como madrileñinismo.