Opinión | FIRMA INVITADA

¿75 años de una mera declaración?

Ha servido para inspirar o allanar el camino para la adopción de más de setenta tratados

Cuando el 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamaba la Declaración Universal de Derechos Humanos, lo hacía, o así reza en el principio del preámbulo de la misma, como un ideal común, en el que la libertad, la justicia y la paz en el mundo son la base del reconocimiento de la dignidad y de los derechos iguales de todos los miembros de la familia humana.

Se establecían por primera vez, sin dejar de lado el antecedente de la Declaración del Hombre y del Ciudadano que en 1789 surgió de la revolución francesa, los derechos fundamentales que deben protegerse en el mundo entero, y hoy, cuando ha sido traducida a más de quinientos idiomas, y como consta en la propia web de Naciones Unidas, ha servido para inspirar o allanar el camino para la adopción de más de setenta tratados de derechos humanos, de aplicación mundial o regional.

Sin embargo, basta mirar el panorama mundial para, sin mucho esfuerzo, darnos cuenta que por muchos tratados que se firmen, la humanidad patológicamente vulnera los derechos de muchos de sus miembros, con muchas y variadas excusas, pero siempre con unos principales afectados: los más vulnerables.

El hambre y la falta de acceso al agua, la pobreza estructural, las situaciones de precariedad sanitaria o entornos de vida insalubres, son en muchos lugares del mundo, y en especial en grandes zonas de África, Asia y Sudamérica, el denominador común para los miembros de esa humanidad sobre la que el artículo 1 de la Declaración dice que todos los humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos y, dado que todos estamos dotados de razón y conciencia, todos debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros.

El planeta sufre nuevos y viejos conflictos bélicos, los mediáticos como Ucrania y Gaza, y los olvidados como Armenia, Congo, Libia o Etiopía, por no hablar las situaciones de los cerca de ciento diez millones de refugiados que según las propias Naciones Unidas (Acnur) existen en este 2023 por la situación en los países de origen como Siria, Ucrania o Afganistán, pero también de Venezuela o Birmania, lo que desde nuestros entorno de países ricos y llamados desarrollados a veces vemos como lejano y sin que pueda afectar a nuestra realidad cotidiana, como si en este mundo global siguieran teniendo valor esas líneas que los hombres han puesto sobre los mapas, para separar realidades económicas y sociales, para separar, separarnos, de aquello ante lo que cerramos los ojos.

La falta de un mecanismo real de control del cumplimento de lo que la declaración establece, ha dejado a ésta como un mero desiderátum, vulnerado continuamente por los intereses de unos y otros, con la protección para ello de ese hoy inaceptable mecanismo de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que hace que las antiguas potencias colonizadoras sigan manteniendo su poder en la toma de decisiones que afectan a todo el planeta.

Celebremos las bodas de diamante de la Declaración, desde el Justiciazgo lo haremos el día 12 de diciembre con la presencia en Zaragoza del Defensor del Pueblo de España, Ángel Gabilondo, pero hagamos que su aplicación sea realmente universal, y que los derechos en ella reconocidos sean los mismos, en calidad e intensidad, para todos los seres humanos, se viva donde se viva y, eso, sin duda no se logra con una mera declaración.