Opinión

El ocaso de Podemos

«Sí se puede!», «¡Sí se puede!», «¡Sí se puede!». Era el grito unánime que miles de gargantas coreaban en las calles y en las plazas para expresar el hartazgo de la clase política española y los poderes económicos. Así nació el movimiento 15M en 2011. Once años han pasado y Podemos toca fondo. De 71 diputados que consiguió en las Generales del 2016 sostienen a cinco en la actualidad. El partido fundado por Pablo Iglesias (entre otros) inicia sin apenas candidaturas el proceso de primarias para concurrir en las próximas elecciones europeas de 2024. Es el último rincón que les queda para asegurarse un buen sueldo como eurodiputado, caso de Irene Montero. Este es el ejemplo del ocaso de Podemos. Las sedes se vacían y los últimos líderes de la formación morada se fueron. Ya no están.

El orgullo, la vanidad, sus contradicciones y la soberbia de sus cabezas visibles les ha pasado factura en muy poco tiempo. Diez años en política son dos legislaturas que han pasado demasiado rápido. A veces da la impresión de que estos chicos no han digerido todavía el enorme éxito alcanzado y tampoco han reaccionado a sus errores. El resultado es que han traicionado muchas ilusiones; y eso, amigos, no se perdona fácilmente. En un recorrido meteórico consiguieron ilusionar a la juventud española aletargada por el paro o indolentes en los sofás de sus padres. Indignados ante tanta corrupción se colgaron las mochilas y salieron a las calles, junto a jubilados, trabajadores y profesionales cualificados. Hartos de que Rajoy y sus corruptos ministros mangonearan el país a sus anchas, contando con el beneplácito del gallego silente, que parecía no enterarse nunca de nada. Ganaron en las Europeas, barrieron en las generales y tumbaron a un gobierno farsante. En 2020 formaron gobierno de coalición con el PSOE, y Pablo Iglesias fue nombrado vicepresidente. En 2021 abandonó el gobierno socialista de coalición para ser el candidato de Podemos en las autonómicas de Madrid. Una mala jugada impropia de la madurez que se le otorgaba a un líder como Iglesias. Fue un tremendo error y un gran alivio para Pedro Sánchez.

Siempre pensé que el día en que Pablo se cortara la coleta se acabaría su poder. Así fue y, aunque es solo es una metáfora, comenzaron las luchas internas entre los más ambiciosos y ambiciosas del corral y el partido se escindió en otros proyectos. El mal de la izquierda se volvía a repetir como una maldición bíblica: dividirse entre ellos. Cada cuál cultivando su ego con dedicación y alevosía, mientras perdían militantes, simpatizantes y amigos, no se dieron cuenta de que esos vacíos de ilusión y de liderazgo estaban siendo ocupados por los nostálgicos del pasado que esperaban su turno para cantar de nuevo el Cara al sol e ir todos a una.

Podemos se convirtió en otra casta política (la misma que tantas veces habían denunciado cuando querían sanear el sistema). Una nueva estética y una nueva ética que no lograron imponer porque cayeron en los mismos vicios; aunque justo es reconocerlo: sin caer en las escandalosas corrupciones de la derecha.