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El Periódico de Aragón

Carmen Lumbierres

El triángulo

Carmen Lumbierres

No hay marcha en Nueva York

Será porque es verano y el euribor o las sanciones a Rusia se nos hacen bola, o porque estamos en una guerra cultural sin cuartel que enrarece las redes y permite exhalar nuestros prejuicios, nuestra cólera y toda la inquina que tenemos reservada contra el cuñado o el compañero de trabajo frente a unas fotos de cargos públicos, mujeres siempre mujeres, en un viaje de trabajo a Estados Unidos.

Que si las fotos de la ira hubieran sido tomadas en Rumania el revuelo hubiera sido menor, pero el país que conocemos fotograma a fotograma por las películas de nuestra vida, el destino de cualquier viaje de novios de clase media con destino final en el Caribe ha despertado la pregunta ¿por qué ellas y no yo? Esas mujeres vestidas con ropa de cadena, que no proceden de universidades elitistas, que ni siquiera son altas funcionarias de Estado y que sonríen en las fotos y posan de manera informal son interlocutoras ante Naciones Unidas o mantienen reuniones en el Capitolio. A Alberto Ruiz Gallardón no le hubieran caído ni la mitad de las críticas que a Díaz Ayuso si se hubiera fotografiado en Times Square o hubiera realizado declaraciones sobre el aborto en pleno corazón del exilio cubano.

La ministra Irene Montero, superando las burlas de antecesoras jóvenes en el Gobierno como Leire Pajín, Bibiana Aído o Carmen Chacón, es la diana de todos las invectivas desde la derecha, por supuesto, burlándose en un tono que ella jamás utiliza en sus intervenciones, y desde parte de la izquierda porque no les resulta lo suficientemente grave en su comportamiento. Las levitas grises son mucho más respetadas que los vestidos florales. No se le perdona ser pareja de quien es, mientras que sobre la parte masculina no recae este peso como una losa porque la subsidiaria para muchos, aunque él ya no este en el equipo de gobierno, es ella. A todas ellas se las infantiliza porque así se daña su credibilidad como cargo público y se lamina la idea de independencia e igualdad a no ser que vistas como Margaret Thatcher, tengas el discurso de Condoleezza Rice o la austeridad afectiva de Miss Merkel.

En la política de las emociones, en la que se les pide a los líderes su perfil humano para ganar elecciones, en la campaña de imagen olvidado ya el programa, programa de Anguita que tan nefastos resultados produjo en la izquierda española, se les pide a los cargos públicos, sobre todo si no son de los tuyos, cercanía ma non tropo.

Nueva York está para los sueños, las élites económicas pero no para un grupo de señoritas que algunos han decidido, por encima de la legitimidad democrática, que no tiene el derecho a estar.

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