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Carmen Lumbierres

EL TRIÁNGULO

Carmen Lumbierres

Desesperanza

A veces el optimismo antropológico falla, quizá será por noviembre en que ya no quedan ni hojas por caer y empiezan a iluminarse los leds de la tortura comercial que se nos viene con el mes de la felicidad impuesta, pero es que una vista panorámica da para pocas alegrías. Incluso a los amantes del fútbol se les ha diluido un poco la emoción porque mantenerla a pesar de la sede elegida para el mundial y de la cobardía manifiesta de la FIFA, casi hablaría peor de ellos.

Ni las compras del Black Friday, ni los preparativos del mes al que muchos arrancaríamos la hoja del calendario directamente tienen el brillo de otros años, por mucho que los alcaldes adictos a la luminaria le echen todo el entusiasmo casi extemporáneo en una época que se lleva más la media luz, la bajada de los termostatos, el transporte público allá donde no haya huelga, y la sección de congelados del supermercado. Y así vamos terminando el año pospandémico y preapocalíptico muy cansados, en un ambiente político irrespirable en que ya no nos caben más insultos, más acusaciones hiperbólicas, más utilización banal de las víctimas de cualquier terrorismo y más tergiversación de la ideología.

Llegar a 2023 para recibir consejos de una administración sobre cómo ir vestida a correr para que no te violen es tan desalentador que no sabes si has vuelto al patio del colegio donde no te dejaban llevar tirantes por controlar tu moralidad, y ahora lo hacen por tu seguridad, poco preocupados por la moral del acosador. Cambiar de año y que las personas mayores sean un incordio en este proceso de modernización y digitalización de los servicios públicos sigue siendo el mismo «abuelo apártese», que ahora nos toca a nosotros. Observar el poco respeto que algunos presentan ante los que solo piden recuperar la memoria de sus familias perdedoras de una guerra civil nos lleva a volver, una y otra vez, a la línea marcada por la insurrección militar sin poder pasar página. Seguir hablando de ETA como una amenaza real nos coloca en los años más duros de víctima mortal casi diaria, como si algunos no quisieran avanzar en una nueva sociedad y se encuentren más cómodos en la confrontación de una España que ya no es.

Seguir viviendo en los ochenta o a veces en los cuarenta transmite una sensación de enjaulamiento de la que es difícil encontrar la puerta de salida, porque fuera de eso están los avances de la sociedad en la que nos hemos convertido, capaz de mejorar en el control y la cura de una enfermedad como el cáncer o de la vuelta de dos españoles a la Agencia Espacial Europea, dos astronautas para aventurarse en si hay allá fuera un mundo mejor que este.

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