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Carolina González

EL TRIÁNGULO

Carolina González

Odiadores

No hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para ver el estado de nerviosismo y aspereza que impera en todo. Los grupos de Whatsapp, Twitter, el Congreso de los Diputados, los comentarios a cualquier tipo de publicación en redes sociales... Estamos alterados, irascibles, airados, sensibles, a la que salta. Y eso provoca que reaccionemos con violencia a cualquier tipo de estímulo. Que una ministra comete un error, la insultamos. Que el médico no nos da el tratamiento que pedimos, le amenazamos. Que alguien no piensa como nosotros, le vapuleamos.

Puede ser estrés, agobio, falta de paz interior, incapacidad para gestionar la frustración particular... quién sabe. Sea lo que fuere, se ha convertido ya en un comportamiento colectivo. Es la nueva forma de relacionarnos. Vivimos inmersos en un peligroso juego de equilibrios y los malabarismos no suelen salir bien. Alguna bola siempre acaba por los suelos.

Parece mentira que en este país no sepamos el peligro que supone dejarse arrastrar por esa corriente odiadora. En realidad creo que sí somos conscientes del riesgo, pero, como todo, con el paso del tiempo, se nos olvida. Al igual que las canas convierten los recuerdos hirientes en soportables, la historia tamiza sentimientos paralizantes para permitirnos seguir con nuestras vidas con los menores traumas posibles. Supervivencia natural le llaman.

Puede que nos encontremos en esa disyuntiva como sociedad. En esa bifurcación de caminos definitiva donde hay que elegir entre un caos potencialmente sugerente o un orden aparentemente aburrido. Lo nuevo no es siempre lo mejor y lo de siempre no siempre es aburrido. Los cantos de sirena seguirán sonando, hipnotizando, idiotizando. No se trata de silenciarlos sino de reconocerlos. No conviene obviarlos sino atenderlos y resolverlos. Porque si uno no aprende de las experiencias pasadas difícilmente podrá afrontar con otro talante situaciones futuras. Cada arruga debería contar como una victoria en nuestra vida. Cada pliegue, una montaña de conocimiento. Cada surco, una hazaña. Nadie debería sacar provecho de este desquiciamiento generalizado. Mucho menos alentarlo.

La responsabilidad es compartida. Cada uno formamos parte de ese todo que, a juzgar por lo que decimos, no nos gusta a nadie. Así que además de quejarnos podríamos hacer algo. El mal por el mal no favorece a nadie, aunque algún cortoplacista se empeñe en propagar esa idea. Ni todo va mal, ni es un desastre ni hay más alternativa que aquel que se autoproclama salvador de la patria. A veces, de tanto gritar, uno empieza a notar que le falta el aire. Y ya saben que el cerebro sin oxígeno no funciona.

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