Opinión | EL TRIÁNGULO

Cambien de escenario al Rey

Desde la misma habitación o una parecida, con las mismas fotos o similares, los mismos giros de cámara y los mismos lugares comunes el actual jefe del Estado cumplió el trámite del discurso de Nochebuena, supervisado por Moncloa, un año más. Y es difícil distinguir entre cualquiera de ellos, es más entre los suyos y los de su padre que estaban llenos de referencias a la unidad, la convivencia, la honestidad, el diálogo o la posición de España en el escenario internacional.

Debe ser difícil dirigirse a un país siendo el símbolo de su unidad, tal y como están las cosas, aunque tampoco haría falta insistir tanto en un modelo monolítico porque todo el mundo sabe que para la convivencia es mejor airearse un poco, entrar y salir, más después de tanta sobremesa familiar. Si estuviera muy preocupado por la permanencia del Estado como encomienda la Constitución, incluso por la suya propia, me atrevería a sugerirle que un giro no necesariamente copernicano es más necesario que el comer. Tanta mesura en las palabras, tanto concepto grandilocuente vacío de contenido para no pisar callos en ninguna dirección hace que no se distinga bien el discurso de once minutos del monarca del de 60 segundos que se les concede a Miss Universo, por guapas se les escucha menos, pidiendo paz en el mundo a los hombres de buena voluntad.

De las mujeres habló poco, aun teniendo los datos de violencia machista que tenemos, y cualquier mínimo gesto hubiera servido para atragantársele el caldo navideño a más de uno, cuando hablan de ejemplaridad también fluiría por estos caminos. Y cuando se refirió al deterioro de la convivencia, debía de hablar de otra cosa que no fuera la familiar porque nadie se dio por aludido. La tercera de las expresiones que más se le han celebrado es el riesgo de la erosión de las instituciones, que esto seguro que lo dijo con conocimiento de causa porque es el superviviente del mayor ejercicio de descrédito que ha vivido cualquiera de los poderes de esa tan poco aludida Constitución del 78. Ha salido con tanta dificultad de esa tormenta, que me parece que ha asumido un papel transitorio en espera de que la infanta Leonor consolide la institución.

No espere, majestad, estaría bien que fuera más visible su papel de árbitro y moderador de las instituciones, se nos está diluyendo la utilidad de la Jefatura del Estado. Métase en política, no siga las recomendaciones de un anterior jefe de Estado que concentraba en él todos los poderes. Y, si me permite, la despedida con Eguberri On, Bon Nadal, Boas Festas es muy de los noventa, una reformita no vendría mal.