Opinión | EL TRIÁNGULO

La poesía huye de la carrera de San Jerónimo

Resulta que en este último debate de investidura hemos descubierto que Mario Benedetti y Antonio Machado han sido los poetas más citados por nuestros representantes políticos para referirse a cosas que en ocasiones nada o poco tenían que ver con el fondo de los mismos poemas. Reconozco que es tentador volver sobre los poetas porque ellos saben disfrazar el aroma con versos que cruzan todas las aceras cuando «mis manos son los pasos de aquella muchacha que abandona la feria, sola y contenta como el día de hoy...». Pero al final, y como era de prever, el debate de investidura, a pesar de las citas más o menos acertadas y con evidentes deslices, tuvo muy poco de poético y resultó bronco y tenso y deslucido porque había una única consigna y era la de construir alrededor del nuevo gobierno una supuesta ilegitimidad basada en una no sabe qué deducción simplista y errónea. Ahora parece, según vociferan algunos representantes políticos, que este gobierno, salido de las urnas democráticamente, es una dictadura y la poca poesía que rodea la carrera de San Jerónimo se esconde en las alcantarillas para salvarse de tanta palabra gruesa y de tanto insulto que se queda detenido en una mueca que es el reflejo de todas las cosas que no nos gustan a los ciudadanos, que vamos con el alma pobre y fría sin saber cómo haremos para calentarla.

Y si ha habido alguna anécdota prefiero no recordarla y hacer como si no hubiera pasado porque todas las que han tenido lugar tenían que ver con la violencia física o verbal y ese no parece el mejor camino para paradójicamente comenzar un camino sobre el que todos los medios de comunicación anuncian que va a ser complejo y oscuro y la complejidad y oscuridad en esta legislatura se va a derivar de dos actitudes, la de la oposición que solo quiere vengar no estar en el Gobierno con una legitimidad que se otorga al margen de los votos y de la propia democracia y una segunda que se derivará de los retales que los socios de Sánchez vayan dejando por el camino para tensionar, presionar y enfurecer. No hay poesía en ninguna de las dos actitudes, porque en ambas se busca alimentar odios con la misma decadencia con la que se intenta incluir el tiempo dentro de un esquema que desordena al resto de los esquemas, para de esa forma construir un lenguaje que dispara no en la dirección correcta, ojalá, pero sí dispara en un modo de azar que todo lo acaba impregnando, manchando y confundiendo.