El Periódico de Aragón

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La opinión de Sergio Pérez

El adiós señorial de JIM y la profunda huella que deja en el Real Zaragoza

Juan Ignacio Martínez, en San Sebastián, en el que fue su último partido como entrenador del Real Zaragoza. Carlos Gil-Roig

A lo largo de esta inacabable y fastidiosa etapa en Segunda, la próxima será la décima temporada consecutiva sin escapar de sus garras, el Real Zaragoza ha tenido catorce entrenadores de todo tipo, pelaje y condición. En su adiós, que a todos les llegó su hora, hubo algunos que se fueron tan enfadados con el mundo como lo estuvieron en su etapa en la ciudad. Hubo también otros que nunca debieron entrenar aquí ni siquiera en un periodo de tan bajo perfil.

También a quienes no les permitieron apenas respirar hasta que un día la soga les rodeó el cuello, más de uno que llegó verde para un desafío tan exigente y con tanta presión encima, unos cuantos con una educación exquisita, muy reseñable, aunque sin fortuna en la dirección de campo, uno muy concreto que se confundió y gestionó peor que mal el mejor momento de su carrera deportiva, ídolos hasta el final de sus días e incluso algún visionario. No es fácil ni está al alcance de todos saber estar y, mucho menos, saber estar con señorío en el momento del adiós.

Entre tantos, que catorce técnicos en nueve años son multitud, hubo varios que supieron irse tan bien como llegaron, con una sonrisa agridulce pero agradecida, con sentido de la caballerosidad y dejando una profunda huella personal dentro de la propia Sociedad Anónima. No está solo en esa lista, anteriormente hubo otros (Ranko Popovic ocupa un lugar destacado en esta faceta), pero entre ellos quedará también para siempre Juan Ignacio Martínez, que después de temporada y media ha dejado el puesto tras un primer año maravilloso, capital en la historia contemporánea y gracias al cual el Real Zaragoza continúa en el fútbol profesional, y un segundo mucho más irregular, con picos de ilusión y bajones de rendimiento que han terminado con el equipo lejos de todo.

Con su librillo, sus supersticiones, tan típicas de los entrenadores clásicos, estirpe a la que él pertenece; con su concepto del fútbol, a veces excesivamente conservador e inmovilista, eficaz defensivamente y con lagunas ofensivas, y su forma paternalista de entender este juego, JIM figurará en la historia como el entrenador que completó la hazaña más difícil de cuantas ha habido que realizar en esta etapa en Segunda: recogió un despojo, un equipo casi desahuciado en el que pocas esperanzas tenían incluso dentro de las estructuras del club, penúltimo con 13 puntos en 18 jornadas y una mala pinta tremenda. En un esprint extraordinario, con un trabajo psicológico y táctico brillante, Juan Ignacio, como él se refiere a sí mismo, obró el milagro, que un milagro fue sumar 37 puntos.

Previamente, el alicantino se había atrevido a ponerse delante de un toro del que otros salieron huyendo en cuanto le vieron los pitones con peticiones imposibles o simples medias vueltas. JIM venía de torear en plazas de categoría menor y, ante la oportunidad de saltar a un ruedo de primera, lidió con el reto. Tuvo la determinación, la convicción, la valentía y el arrojo que a otros faltó. Entendió que sí podía y pudo. Su segunda temporada, la que acaba de cerrar, le dejará siempre ese pequeño resquemor de lo que soñó que podía ser y no fue. Ahora, este Real Zaragoza de nueva propiedad entiende que necesita otro perfil de entrenador, más moderno. Estos días, los que han sido los principales de la SAD le han mostrado su cariño personal y un hondo respeto a su trabajo, a su lealtad y a su comportamiento para con el club. Allí, en la Ciudad Deportiva, de puertas hacia dentro, JIM deja huella.

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