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La 7ª jornada de Segunda

Salto al vacío. La contracrónica del Mirandés-Real Zaragoza

El partido que debía catapultar al Zaragoza descubrió la involución de una escuadra desastrosa en ambas áreas. El equipo difícil de ganar del que presume Carcedo no existe

Gueye remata de cabeza en una de las últimas acciones del partido ante el Mirandés. Prensa2

«Somos un equipo difícil de ganar, un equipo de la categoría y solidario, salvo el desastre de los 25 últimos minutos ante el Lugo que no se pueden volver a repetir». La frase pertenece a Juan Carlos Carcedo, entrenador del Real Zaragoza y fue pronunciada poco más de 24 horas antes de que el conjunto aragonés perpetrara otro esperpento. Fue en Anduva, ante un colista que mereció golear a un rival apocado, blando y, de nuevo, caótico. Muy parecido al que sucumbió con estrépito en casa ante el Lugo tras un recital de despropósitos. No podía volver a suceder, pero pasó. El Zaragoza fue un horror, sobre todo, en las dos áreas, donde se deciden los partidos. En Segunda, en Primera y en Laboral. Aquel equipo difícil de ganar del que presumía Carcedo hace apenas unas horas no existe. Ya ha perdido tres de los siete partidos disputados hasta ahora. Casi la mitad. Mal plan.

El Zaragoza fue un pelele, una marioneta en manos de un grupo de chavales que se lo pasaron en grande a costa de un rival muy pequeño y que transmite la sensación de jugar demasiado pendiente del adversario. El Mirandés siempre fue más serio, más sólido. Más maduro a pesar de la bisoñez de gran parte de sus futbolistas. Era el partido del salto, de la evolución. El punto de inflexión y el golpe en la mesa para acercarse a la zona alta. Pero fue todo lo contrario. Involución. Corsé. Miedo. Desastre.

Desastroso

Cuando la portería a cero se erige en una obsesión y la solidez defensiva preside cualquier proclama tanto en público como en privado, el miedo es el peor enemigo. Miedo al error. Miedo al desajuste. Miedo al rival. Al gol como elemento desestabilizador y definitivo. Quizá por eso, el Zaragoza siempre ha perdido cuando el contrario se ha adelantado en el marcador. Ese escenario es el más temido. Lo peor que puede pasar. Un mazazo al que el Zaragoza, lejos de reaccionar, responde inclinando la cabeza y desnudando sus todavía numerosas carencias. Tanto futbolísticas como anímicas. No. No es un equipo difícil de ganar. Es más, estamos ante una escuadra extremadamente vulnerable, tierna e irregular. El salto hacia adelante fue, en realidad, un salto al vacío.

El problema es serio. Lo bueno es que hay tiempo y, sobre todo, solución. Lo malo es que no es sencilla. Cualquier remedio pasa por un paso adelante. Tanto en el campo como en la banda. Tanto arriba como abajo. Atrás y adelante. Con botas en los pies o sin ellas. Sin esa dosis de valentía, el Zaragoza permanecerá bajo una eterna amenaza de sometimiento ante la adversidad. Con el corsé puesto, seguirá costando respirar.

Cuatro goles en siete jornadas suponen una cifra tan raquítica como la aportación de una segunda línea lastrada por la enorme distancia entre Giuliano y el resto. Es el Zaragoza un equipo hundido atrás en el que Grau se ubica entre los centrales cuando el rival rebasa la medular y con jugadores de banda indefinidos que casi nunca abren el campo ni aportan una profundidad que queda exclusivamente en manos de las incansables piernas de Giuliano y de alguna subida esporádica de Gámez. Fuentes, al otro lado, ofrece poca cosa en este sentido. Ayer, eso sí, dejó patentes sus graves problemas tácticos en defensa. No fue el único, en cualquier caso. Porque el desastre atrás fue mayúsculo. Y no solo de la zaga.

Así que cuando todo se basa en un orden que se pierde, la batalla está perdida. Y si, además, la valentía se muestra solo cuando no queda, otra el repaso es seguro. Segundo aviso.

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