Cada año casi 120.000 personas sufren un ictus  en España, de los cuales la mitad quedan con secuelas discapacitantes o fallecen y, aunque, en los últimos 20 años, la mortalidad y discapacidad ha disminuido, se espera que en los próximos 25 años su incidencia se incremente un 27%, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN).

Según la Sociedad Médica, el ictus es la segunda causa de muerte en España, la primera en el caso de las mujeres, y también la primera causa de discapacidad adquirida en el adulto. Además, actualmente más de 330.000 españoles presentan alguna limitación en su capacidad funcional.

El término ictus o enfermedad cerebrovascular hace referencia a cualquier trastorno de la circulación cerebral, generalmente de comienzo brusco, que puede ser consecuencia de la interrupción de flujo sanguíneo a una parte del cerebro (isquemia cerebral) o la rotura de una arteria o vena cerebral (hemorragia cerebral). Aproximadamente el 75 % de los ictus son isquémicos y el 25% hemorrágicos.

Una máquina exigente

Curiosamente el cerebro humano sólo supone del 2% del peso corporal, necesita casi un 20% de la circulación para cubrir sus necesidades (es decir consume mucha energía) y por otra parte no dispone de reservas energéticas (no tiene despensa).

Todo ello condiciona un aporte constante de oxígeno y nutrientes, siendo por tanto muy sensible ante la falta del flujo sanguíneo cerebral, encargado de proporcionarle la energía que requiere para funcionar. Por esta razón el cerebro cuenta con una gran cantidad de vasos sanguíneos y múltiples mecanismos para mantener constante la cantidad de sangre que circula por él y garantizar una correcta llegada de oxígeno y nutrientes, aún en malas circunstancias.  Cuando los vasos sanguíneos se lesionan por una u otra causa, y no llega la sangre adecuadamente (aún pequeñas interrupciones

del flujo sanguíneo) provocan la disminución o anulación de la función de la parte del cerebro afectada. Si el riego disminuye durante un tiempo mayor a unos pocos segundos, las células de esa área del cerebro, se destruyen (se infartan) y ocasionan una lesión permanente en dicha área.

Seguridad ante todo

El cerebro tiene mecanismos de seguridad, existen mucha conexiones pequeñas entre las distintas arterias del cerebro y si el riego sanguíneo disminuye de forma progresiva, estas pequeñas conexiones aumentan de tamaño y sirven de derivación al área obstruida. A esto se le denomina circulación colateral.

Algunas claves sobre el ictus El Periódico de Aragón

Si existe suficiente circulación colateral, una arteria bloqueada totalmente puede que no cause deficiencias neurológicas. Por otra parte las arterias son tan grandes que un 75 % de los vasos sanguíneos se pueden obstruir y aún así, habrá un flujo sanguíneo adecuado hacia el área de cerebro afectada. La llegada a un hospital en las tres primeras horas de inicio del ictus es fundamental para aplicar las medidas adecuadas.

¿Qué tratamiento tiene?

Los objetivos principales ante el paciente con ictus pasan por preservar la vida de la persona que lo ha sufrido y por preservar la función de las estructuras cerebrales involucradas. En tanto los tratamientos disponibles deben ser administrados lo más pronto posible (lo ideal seria las 4,5 primeras horas tras el inicio de los primeros síntomas).

Es también obligado que el paciente que acaba de sufrir un ictus sea trasladado a un hospital lo antes posible. En muchos centros sanitarios utilizan el termino «código ICTUS» con equipos de profesionales especializados para atender de forma rápida y precisa e instaurar el tratamiento.

Una vez establecido el diagnóstico (historia clínica, exploración neurológica, estudios complementarios) las posibles opciones pueden ser:

  1. Fibrinolisis endovenosa. Consiste en la administración de un fármaco anticoagulante encaminado a ‘disolver’ el trombo que ha causado el ictus. Lógicamente esta opción queda reservada para los ictus isquémicos.
  2. Fibrinolisis intraarteria o abordaje endovascular (trombectomía). En casos seleccionados, bien por la naturaleza del propio ictus (trombo en origen de una gran arteria), por el tiempo transcurrido (más de 4,5 horas) o por otras circunstancias (el propio fracaso del tratamiento intravenoso), puede recurrirse a estos procedimientos de neuro-intervencionismo vascular.

Imagen de un cerebro Efe

Con independencia de los procedimientos comentados, en todos los pacientes con ictus (incluidos los hemorrágicos) es obligado el control del estado general, así como el tratamiento de todas aquellas circunstancias que concurran en un caso dado (edema cerebral, arritmias cardiacas, infecciones intercurrentes, alteraciones iónicas, descompensaciones hiperglucémicas, etc.).

Superada la fase aguda (aunque es deseable iniciar durante la misma) entra en juego el tratamiento rehabilitador (logopedia en unos casos, rehabilitación de la marcha en otros, etc). Este proceso puede prolongarse días, semanas o meses, en función de la situación de partida y los objetivos a alcanzar en un paciente dado.

 

¿Cómo prevenirlo?

 El ictus es una patología que se puede prevenir. La prevención primaria, esto es, la que todos podemos hacer para minimizar nuestro riesgo personal de sufrir un ictus futuro, pasa por los siguientes consejos:

  • Llevar una dieta rica y saludable, baja en sal y grasas.
  • Realizar actividad física de forma regular.
  • Controlar el peso, la presión arterial y los niveles de colesterol y azúcar en sangre (y, en su caso, tratar de forma correcta).
  • Abandonar el tabaco y restringir el consumo de alcohol a niveles moderados.
  • Controlarse el pulso de forma regular y, caso de apreciarlo rápido o con palpitaciones en una situación de reposo, consultar al médico.

 Las personas que ya hayan sufrido un ictus están obligadas a realizar una «prevención secundaria», encaminada a minimizar el riesgo de recurrencias futuras. (antiagregantes, anticoagulantes) y el control periódico en la consulta de su médico.

 Hemos avanzado mucho en el tratamiento y rehabilitación del ictus y hoy en día los pacientes evolucionan mucho mejor. La prevención es sin duda la mejor arma para evitar dolencias. La detección precoz de síntomas ayuda a diagnosticar pronto esta enfermedad y a padecer menores secuelas.