DÉCIMO ANIVERSARIO DE LA UNIFICACIÓN DE LOS JUZGADOS

La Ciudad de la Justicia de Zaragoza: diez años al otro lado del Ebro

El complejo fue inaugurado en mayo de 2013 con cierto recelo por abandonar los juzgados del Pilar

Hoy todavía perduran las quejas por los accesos en autobús y hay quien critica las instalaciones

Vista del edificio Fueros de Aragón de la Ciudad de la Justicia de Zaragoza, que alberga las jurisdicciones de penal e instrucción.

Vista del edificio Fueros de Aragón de la Ciudad de la Justicia de Zaragoza, que alberga las jurisdicciones de penal e instrucción. / ANDREEA VORNICU

La Expo y Fluvi abrieron las puertas de la Ciudad de la Justicia a jueces, fiscales, abogados, secretarios judiciales y demás funcionarios que, en mayo de 2013, trasladaron su sede de trabajo desde la misma plaza del Pilar hasta el recinto de Ranillas. De la unificación de los juzgados al otro lado del Ebro se ha cumplido una década este año con todos los profesionales más que adaptados a sus lares –«es lo que tenemos y estamos contentos todos», admite un funcionario–, aunque todavía afloran viejas reivindicaciones como la necesidad de mejorar la llegada en transporte público al complejo y otras tantas de las que han sido conscientes con el paso del tiempo.

Según cuentan quienes frecuentan a diario estas instalaciones, no existe debate sobre la modernización y «actualización» de los equipamientos y la mayor amplitud de las dependencias actuales a tenor de los 65.000 metros cuadrados repartidos entre los edificios Fueros de Aragón (que alberga las jursidicciones de penal e instrucción, decanato, registro civil y servicios comunes) y Vidal de Canellas (contencioso-administrativo. social y civil). Una superficie que, matizan no obstante, no solo puede entenderse en términos positivos. «Son edificios nuevos, pero horizontales. Para ir de un lado a otro tienes una buena distancia», exponen.

Tampoco difieren a la hora de reiterar la importancia de implantar «frecuencias más habituales» en la línea 23 del autobús que hace su última parada en la avenida José Atarés, frente al edificio Fueros de Aragón, porque la parada del tranvía más cercana queda a un cuarto de hora a pie. «Se negoció mal el tema de las comunicaciones. No hay una conexión directa centro-Ciudad de la Justicia, el 23 da mucho rodeo y algo se tenía que haber articulado para que el público general pudiera haber tenido un acceso más fluido», dice un juez.

Son unos kilómetros de más a los que ya se han acostumbrado, pero que en su día levantaron recelo por abandonar un punto neurálgico de la capital aragonesa como es la propia plaza del Pilar. «Había que darle salida a la Expo y entendemos que se hiciera aunque pareciera que nos íbamos al extrarradio», reconoce un secretario judicial. «Antes terminabas un juicio y podías hacer gestiones administrativas o bancarias. La ubicación era mejor la de la plaza del Pilar, pero al final uno se adapta», se resigna una penalista.

Precisamente, esa morriña por los antiguos juzgados sigue presente para estos trabajadores –«no tiene ese encanto, era muy bonito», recuerda el letrado– pese a que ya han transcurrido diez años desde la mudanza de despachos. «Los juzgados estaban implicados en la vida de la ciudad. El que venía de Caspe a un juicio entraba a ponerle una vela a la Virgen. Pasas de la plaza del Pilar, donde todo es vida… Ahora nos hemos acostumbrado a la vida poligonera del café de máquina», ríe un jurista. Un ambiente del que, por otro lado, siguen disfrutando sus compañeros de la Audiencia Provincial de Zaragoza y del Tribunal Superior de Justicia de Aragón (TSJA) al conservar sendas sedes en la zona del Coso bajo.

La disparidad de criterios entre funcionarios sí asoma con el concepto del «nuevo distrito de servicios» con el que la por entonces presidenta del Gobierno de Aragón, Luis Fernanda Rudi, bautizó a la Ciudad de la Justicia durante su jornada de inauguración el 13 de mayo de 2013. «El balance es positivo en cuanto a que están reunidas todas las jurisdicciones, lo que facilita el acceso a la Justicia», justifica este mismo secretario judicial. «Se vendió que todos los órganos judiciales deberían estar juntos para facilitar la vida al ciudadano, pero esto cae por su propio peso porque el ciudadano no utiliza todas las jurisdicciones al mismo tiempo. No creo que alguien sea cliente de las cuatro jurisdicciones a la vez. Cada uno va a su problema, no va a ninguno más», le replica un compañero.

Es precisamente este último quien tiene una visión más crítica sobre el nuevo complejo jurídico al ahondar en ciertos pormenores que afectan a su día a día. «Se vendió como un edificio inteligente a nivel de climatización, pero tiene sus fallos. No hay ventanales que se puedan abrir en los despachos y da una sensación de cierto agobio. Donde hay concentración humana hay que abrir las ventanas», explica. «Hay muchísima luminosidad, pero todas las salas de vistas carecen de luz exterior. Se podrían haber adosado a las ventanas para dar algo de calma y naturalidad. Celebramos 15 juicios y estamos metidos en un foco», prosigue. Pese a todo ello, el balance de este asiduo a la Ciudad de la Justicia es positivo diez años después de la mudanza. «Es lo que tenemos y estamos contentos todos. Fue un cambio complejo, hubo mucho revuelo y, al final, se consumó con éxito», finaliza satisfecho.