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San Valero y la persecución a los cristianos

¿Qué hay de cierto en las historias sobre las persecuciones de los cristianos en tiempos de la Antigua Roma?

'La última oración de los mártires cristianos', de Jean León Géromem, 1883.

'La última oración de los mártires cristianos', de Jean León Géromem, 1883.

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Hace unos días hablábamos de uno de los patrones de la ciudad de Huesca, San Vicente, cuya historia está muy ligada a la del también patrón de la ciudad de Zaragoza que se vuelve a conmemorar como cada 29 de enero. Una celebración que da pie a hablar sobre ese tema de cómo fueron las persecuciones a los cristianos en el Imperio romano de las que tantas cosas nos ha contado la propia Iglesia y que hemos visto en multitud de famosísimas películas repuestas en la televisión una y otra vez como Quo Vadis.

Recordemos primero a San Valero, quien fuera obispo de Caesaraugusta, la Zaragoza romana, entre finales del siglo III y comienzos del IV d.C. En aquellos años se vivió en el imperio la mayor persecución generalizada contra los cristianos que se había vivido hasta entonces, siendo dos de sus víctimas tanto Vicente de Huesca como Valero de Zaragoza. El primero era el diácono del segundo, y ambos fueron detenidos por su fe cristiana ante las persecuciones dictadas por el emperador Diocleciano. Los dos fueron conducidos a Valencia y allí fueron sometidos a juicio, llevando todo el peso de la defensa el mismo San Vicente dada su elocuencia, pero también por la tartamudez que las fuentes cristianas nos dicen que sufría el obispo Valero. ¿El resultado? Toda la ira recayó sobre el pobre Vicente mientras que San Valero fue condenado al exilio en los Pirineos.

Desde luego, y según la hagiografía de muchos de los santos y santas, da la sensación que los romanos tuvieran como uno de sus pasatiempos favoritos el dar caza a todo cristiano viviente con el que se encontraran. ¿Pero qué hay de cierto en ello? Desde luego es innegable que las autoridades romanas ordenaron persecuciones con resultados terribles para cientos de personas. Pero antes de hablar de ello, hay que ver el porqué de esas persecuciones, y es que estas no se produjeron porque a los romanos no les gustara mucho la fe cristiana.

Relicario de San Valero en la Seo de Zaragoza.

Relicario de San Valero en la Seo de Zaragoza.

De hecho, los romanos eran bastante abiertos con respecto a las religiones que se iban encontrando conforme fueron ampliando sus conquistas y no tenían problema alguno en que se les rindiera culto e incluso las asimilaban. El problema venía cuando una religión ponía en cuestión el sistema religioso y social del mundo romano, y eso es lo que pasaba con el cristianismo. Por un lado, los cristianos declaraban que solo existía un dios, el suyo, renegando del resto de deidades declarándolas como falsos ídolos. También estaba la cuestión aún más peliaguda de que había que hacer sacrificios en honor a la familia imperial, cuyos miembros y en especial el emperador solían ser considerados como seres «divinos».

Y por otro lado hay que entender el concepto romano de la pax deorum o paz de los dioses. Los romanos no pensaban que habían conquistado casi todo el mundo conocido por ser los más guapos, más listos, los más fuertes y los que mejor luchaban en batalla. Pensaban que lo habían conseguido por ser el pueblo que mejor trataba a los dioses y que por ello estos les habían concedido su favor para que ganaran todas las guerras. Pero para mantener contentos a esos dioses todo el mundo tenía que ofrecerles sacrificios de manera frecuente. ¿Pero qué pasaba entonces si un grupo de personas que iba poco a poco creciendo en número renegaba de ello y se negaba a hacer esos sacrificios? Según la lógica romana, esas personas estaban poniendo en peligro la pax deorum, lo que conllevaría el enfado de los dioses, que estos retiraran su apoyo al pueblo romano y que por tanto todo tipo de desastres cayera sobre el imperio. Era pues una cuestión de Estado el que las autoridades se encargaran de que todo el mundo cumpliera con sus «obligaciones» para con los dioses y que todo fluyera como era debido.

Júpiter y Licaón’, de Jan Cossiers. Los romanos creían que el cristianismo ponía en riesgo el favor de los dioses al no hacerles sacrificios.

Júpiter y Licaón’, de Jan Cossiers. Los romanos creían que el cristianismo ponía en riesgo el favor de los dioses al no hacerles sacrificios. / MUSEO DEL PRADO

Por eso, los romanos consideraban peligrosos a los cristianos y de vez en cuando se fueron produciendo disturbios o casos locales y regionales de persecuciones a aquellos que no mostraran públicamente que hacían un sacrificio a los dioses. También hubo algunas persecuciones generales por todo el imperio, pero fueron muy limitadas en el tiempo salvo la que dictaminó el emperador Diocleciano y de la que fueron víctimas según la tradición cristiana el mencionado San Vicente de Huesca, Santa Engracia o el propio San Valero de Zaragoza.