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La conquista de Huesca

El 19 de noviembre del año 1096 se libró ante los muros de la ciudad la Batalla del Alcoraz

La plaza de la catedral de Huesca en San Lorenzo, en una imagen de archivo.

La plaza de la catedral de Huesca en San Lorenzo, en una imagen de archivo. / Jaime Galindo

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

El año 1096 supuso un antes y un después para el todavía pequeño reino de Aragón. Una entidad política que había nacido unos tres siglos antes como un diminuto, pobre y poco poblado condado en el Pirineo alrededor de parte del valle del río Aragón, y al amparo del por entonces poderoso imperio de Carlomagno. El tiempo fue pasando, y tras estar este condado unido dinásticamente al reino de Pamplona durante un siglo, en el año 1035 comenzó de nuevo a volar sólo. El rey Sancho III el Mayor de Pamplona murió ese año y decidió dividir sus dominios entre sus hijos, tocándole a Ramiro el pequeño condado aragonés.

Con él, sus dominios empezaron a crecer poco a poco al amparo de alianzas con otros señores feudales de un lado y otro de los Pirineos, atacando algunas posiciones musulmanas de la por entonces poderosa taifa de Zaragoza. Después, en el año 1063, le sucedió su hijo, el rey Sancho Ramírez, a quien se puede considerar con toda justicia como el verdadero fundador del reino. Y es que fue él quien estableció las bases de un rápido crecimiento económico y demográfico que fue clave para que ese pequeño reino fuera poco a poco capaz de intentar conquistar objetivos cada vez más grandes y ambiciosos.

Pero todavía había un enclave que constituía una barrera infranqueable: Wasqa, la «ciudad de las cien torres». Aragón seguía constreñido en las tierras de los valles pirenaicos y del Prepirineo, lo que hacía que tuviera todavía pocas tierras para dedicar a la agricultura y la ganadería. Y hay que recordar que en aquella época, esta era prácticamente la mayor fuente de riqueza en cualquier lugar. Ciertos enclaves importantes como Barbastro servían como una especie de cinturón defensivo que protegía la frontera norte de la taifa zaragozana y que impedía a los cristianos seguir avanzando hacia el sur. Y la joya de la corona en todo ese sistema defensivo que protegía el acceso al llano y después a las fértiles tierras del valle del Ebro era la ciudad de Huesca.

Entrega al rey Pedro de la Cruz de San Jorge y de las cabezas de reyes musulmanes.

Entrega al rey Pedro de la Cruz de San Jorge y de las cabezas de reyes musulmanes. / EL PERIÓDICO

El propio Sancho Ramírez se sintió preparado para acometer su conquista y brindar por fin a su reino el acceso a las tan ansiadas tierras del llano, de modo que en el año 1094 empezó el asedio a la ciudad. Sin embargo, y mientras un día se acercó demasiado a las murallas oscenses para inspeccionar los puntos débiles sobre los que atacar, un certero arquero consiguió alcanzar al monarca con una flecha que le acabó provocando la muerte a las pocas horas. Eso sí, no sin antes hacer jurar a sus dos hijos mayores varones, los infantes Pedro y Alfonso, que conquistarían la ciudad.

Tras morir el rey, el ejército aragonés se retiró, pero no habrían pasado ni dos años cuando su primogénito y sucesor, el rey Pedro I, volvió a plantarse ante los muros de Huesca con un ejército. Corría el año 1096, y la tradición cuenta que era tal la seguridad con la que sus huestes y el propio rey atravesaban una y otra vez las líneas enemigas que de ahí habría surgido el origen del famoso refrán de «ir como Pedro por su casa». Al final, el rey al-Mustaín II de Zaragoza pudo enviar un ejército de socorro que, si le hacemos caso a las exageradísimas fuentes, era tan grande que su vanguardia ya había llegado a Zuera a la par que su retaguardia todavía no había salido de la propia Zaragoza.

La intervención de San Jorge en la batalla del Alcoraz se propagó siglos después de ésta.

La intervención de San Jorge en la batalla del Alcoraz se propagó siglos después de ésta. / EL PERIÓDICO

Ambos ejércitos acabarían enfrentándose en los llanos de Alcoraz el 19 de noviembre del año 1096. Según la tradición, el mismo San Jorge apareció por el campo de batalla ayudando a los cristianos, aunque en realidad la primera mención que se hace a este suceso ni tan siquiera fue inmediata a la batalla, sino siglos después de esta. Sea como fuere, la victoria recayó en favor de las huestes de Pedro I, rey de Aragón y de Pamplona, logrando una victoria decisiva con la que, ahora sí, Huesca acabaría rindiéndose y entregándose unos días después.

Sería el 27 de noviembre, siendo el colofón de unos días que cambiaron la historia del todavía joven reino de Aragón para siempre. Por fin ponía los pies firmemente en las tierras del llano, y su avance territorial sería ya imparable en las siguientes décadas hasta convertirse en una pujante potencia del sureste de Europa. La propia Jaca, la «capital» primigenia, sería abandonada en dicha función que pasó, aunque también por un breve periodo de tiempo, a la ciudad de Huesca. La conquista de la capital oscense lo había cambiado todo, y el avance hacia el sur de al-Andalus se hacía ya imparable.