Cuando, de una manera que todavía hoy nos sigue pareciendo totalmente incomprensible, se denegó a Aragón su legítima condición de «nacionalidad histórica», relegando a nuestra comunidad a una segunda vía autonómica, por detrás, muy por detrás de Cataluña, País Vasco y otras regiones —como Andalucía—, que jamás habían sido reinos ni territorios independientes, nadie sabía en Madrid quién o qué era el Justicia de Aragón.

Adolfo Suárez, el llamado «mago de la Transición», no supo o no quiso hacer este truco y el espectáculo autonómico se le vino abajo, derivando en el esperpento que hoy padecemos, con esa triste serie de paniaguados (con los impuestos públicos) reyezuelos de taifas y republiquetas (en plural, porque parece que se pretende sumar la gallega).

Por desgracia, cuarenta años después de aquel fiasco de UCD muchos españoles, una inmensa mayoría, seguramente, e incluidos, me temo también, numerosos aragoneses, siguen sin saber quién fue, qué es, para qué sirve el Justicia de Aragón.

Para contribuir a difundir su historia, figura y competencias, quien actualmente ocupa la lugartenencia de la institución, Javier Hernández García, se ha animado a firmar un interesante y práctico libro, titulado El lugarteniente del Justicia de Aragón, y editado por un sello, Mira Editores, fiel siempre a la defensa de los intereses de nuestra Comunidad.

Antigua como la noche de los tiempos del Reino de Aragón, la existencia del Justicia se reveló desde su primer nacimiento consustancial a su derecho foral y a esa otra y señera institución de unas Cortes de Aragón que, en opinión de prestigiosos expertos, marcan el hito fundacional del moderno parlamentarismo europeo. Asimismo nuestro Justicia encarna un claro antecesor del Ombudsman y de tantos Defensores del Pueblo como han ido agregándose a las Constituciones europeas, pero sin haber figurado secularmente con tanta presencia y claridad, relieve y trascendencia como el Justicia de Aragón. Tanta que, en uno de sus enfrentamientos competenciales contra el invasivo poder de la Corona, Juan de Lanuza entregó su cabeza a un Felipe II determinado a limitar los poderes de sus territorios y casas nobiliarias.

Una buena ocasión, la que nos brinda este excelente ensayo de Javier Hernández García, para sumergirnos en las más profundas raíces de nuestra historia.