Que el nombre de Mary Beard, cuando hablamos de grandes religiones o civilizaciones, es sinónimo de inteligencia y claridad es algo que no puede ponerse en duda. Su nueva entrega, Doce césares (editorial Crítica) es, como sus anteriores trabajos, un magnífico y muy original ensayo.

En sus páginas, la historiadora británica aborda la idea, el concepto del poder desde los parámetros de su representación popular, diversificando los muy distintos modos y vías en que su rango, sus rasgos y simbolismos llegaban (y siguen llegando en versión moderna) a las masas populares, a fin de causar en ellas determinados efectos: admiración, veneración, obediencia, vínculos dinásticos o políticos… Siguiendo muy de cerca los pasos de historiadores romanos, como Suetonio, Beard nos sumerge de lleno en el período más intenso del imperio romano, el que comenzó con Julio César.

Para muchos, este formidable personaje fue el primero de los emperadores de Roma, al haber sido también el primero en derrotar al Senado y modificar el tradicional régimen republicano. Del propio Julio, de su sucesor, Augusto, y del resto de césares de los dos primeros siglos de la nueva era, Tiberio, Nerón, Claudio, Calígula, sin olvidar a Marco Aurelio, Severo o Vespasiano, la autora nos irá documentando a partir del estudio de sus estatuas, bustos, monedas, retratos, trofeos… Tratando de aproximar a los lectores, a través de todos esos restos e iconos, sus personalidades y rasgos físicos, las enfermedades que padecieron, o de las que fallecieron, y, sobre todo, a su concepto del poder, a cómo lo entendieron y ejercieron.

En esa búsqueda indagatoria de la psicología de los emperadores romanos, Beard manejará, como ya nos tiene acostumbrados, una ingente cantidad de fuentes y materiales, desde camafeos o esculturas conmemorativas a toda clase de piezas de museos a manuscritos, desde sitios arqueológicos a falsificaciones de cabezas o bustos que se dieron por estatuas auténticas. Mediante tan atractiva y circunvalatoria técnica, la historiadora consigue presentarnos a las figuras de los emperadores desde una doble óptica: la más íntima de sus personalidades y hábitos y la imagen oficial que daban a sus súbditos.

Doce césares en sus palacios, en sus tiendas de guerra, en los foros y alcobas. H