Opinión | Tercera página

El ‘síndrome Instagram’

Publicar las vacaciones en la redes es una exhibición impúdica y superficial de la privacidad

En 2012 publiqué el ensayo: Escapistas de la realidad. Los intangibles del turismo, en la editorial Laertes de Barcelona. Al celebrar este décimo aniversario, compruebo con perplejidad lo que ha cambiado la tipología de los viajes. Cada vez comprendo mejor por qué los sajones hacen ediciones revisadas constantemente. La esencia sigue siendo la misma, pero si tuviera que destacar el aspecto más importante de los viajes vacacionales estivales, diría que la ciudadanía publica en las redes sociales sus vacaciones reportadas. Solo con iniciar una sesión en cualquier red social, se puede saber, con todo género de detalles, dónde han estado tus amigos y hasta algunos de tus enemigos.

Estos días veraniegos, las redes sociales se han convertido en una colección interminable de reportajes completos en los que algunas personas cuelgan sin pudor todo lo que han ido fotografiando. No hay atisbo de preocupación por la calidad de las fotos, o por su propia privacidad. Contrariamente, se hace alarde de lo que comen, cenan, las cervezas que se toman, y los lugares que visitan, aunque de ellos no conozcan (ni les interese) nada más que lo que aparece en las fotos. Es una exhibición superficial e impúdica, el efecto demostración de su estatus socio-económico, quizá.

Siendo bondadosa, se me ocurre que quizá, a todas estas personas les hubiera encantado ser periodistas especializados en viajes, o cronistas, aunque para eso tendrían que saber que los periodistas no pueden ser el foco de las fotografías. El objeto de su trabajo debería ser su propia narrativa, que podría ser ilustrada con algunas imágenes, pero los reporteros deberían ser invisibles. Pensando en los grandes cronistas de la historia del periodismo o de la literatura, me vienen a la cabeza algunos autores españoles como Manuel Leguineche, Enric González, José María Pérez Gay o Javier Reverte. En su obra no existe otro protagonismo que no sea el de su narrativa. Lo mismo sucede con los europeos, como George Orwell, Ryczard Kapuscinski, Antonio Tabucchi o Anthony Bourdain, o con los americanos Paul Theroux, Eduardo Galeano o Emma Larkin. Lo importante en sus trabajos es su narrativa: la crónica periodística (los lugares fotografiados, por su belleza, o su pobreza, por su situación bélica, o por el episodio histórico que viven). No hay lugar para la exhibición de su persona o de sus hábitos de vida: desayunos, aperitivos, comidas y cenas, baños, etc. En síntesis, los autores de reportajes de viajes siempre han priorizado la atención al lector, ofreciéndole todos aquellos datos que podrían ser de interés personal, ético o estético, literario, sociológico o artístico, cuando no aportando sensibilización social las circunstancias descritas.

Pero volviendo a estos posibles aspirantes a periodistas, a cronistas de viajes, sería deseable que utilizaran los referentes de una forma más profesional, menos egocéntrica y que huyeran de ese exhibicionismo impúdico que llega a mostrarnos detalles triviales que, por supuesto, no aportan nada a los posibles seguidores/visitantes/ o lectores, salvo un espacio para el chascarrillo barato.

Hace unos años, cuando no existían los viajes llamados low cost, quien tenía el privilegio de hacer un gran viaje, solía convocar una reunión en casa para los amigos con los que compartir sus experiencias. La reunión permitía explicar, hacer preguntas, comentar, intercambiar opiniones o recomendar por activa o por pasiva algunas actividades. Es verdad que a veces estas sesiones podían ser un poco pesadas, pero también podían ser muy interesantes. Las redes sociales nos han librado de estas sesiones, pero en cambio nos han obligado a ver (casi sin proponérnoslo) decenas de fotografías que no merecerían estar en el espacio público.

En mis clases en el Grado en Periodismo siempre explico a los estudiantes la diferencia que existe entre la esfera privada, la social y la pública, y que estas limitaciones las deben observar siempre como personas anónimas, pero mucho más aún, como profesionales del periodismo. La esfera privada es la más íntima, la familiar, la que no se debe publicar. En la social, se publicará solo aquello que tenga un interés social para nuestro entorno: datos cuyo conocimiento pueda ofrecer un beneficio social; y, por último, la esfera pública es aquella de la que han de ocuparse los profesionales del periodismo, publicando toda aquella información que beneficie la toma de decisiones sociales o públicas, o aumente el bienestar público. Todo lo demás, no tiene cabida.

El narcisismo o el exhibicionismo deberían reservarse para el diván del psicoanalista, y la sociedad ganaría mucho en salud mental si no tuviera que estar quasi-obligatoriamente viendo reportajes personales que no aportan nada y que solo alimentan el cotilleo más burdo, frívolo y estéril.

Estos días, en redes, he podido ver personas quejándose de que no hay hielos para la Coca-Cola en sus lugares de vacaciones, pero en cambio no parece haber una preocupación social por la disminución del hielo en los glaciares planetarios; o quejándose de la temperatura en los bares, pero no de la temperatura de la tierra y los incendios españoles. Tampoco he visto comentarios relativos a las muertes de Gaza, ni a las condiciones que esas víctimas están padeciendo. El síndrome Instagram parece estar invadiendo la percepción social en todas las redes. Solo se muestra ampliamente lo supuestamente «deseable o envidiable», lo que nos informa de una grave enfermedad social.

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