Fascismo o democracia

Los insultos provocadores de los últimos días responden a una línea de actuación «política»

Adolfo Barrena

Adolfo Barrena

Lo que hemos visto y oído estos días en el Congreso y en el Ayuntamiento de Zaragoza, lo que han repetido hasta la saciedad los medios de comunicación, las tertulias y las redes sociales, es algo más que una retahíla de insultos machistas lanzados con chulería macarra, es algo más profundo, y más serio. Es un ataque a la democracia.

Porque esos insultos, esas broncas continuas en el Congreso, en los parlamentos autonómicos, en los ayuntamientos, profusamente replicadas y aumentadas por esa prensa cavernaria y por esa parte antisocial que tienen las redes sociales, forman parte de la campaña de la ultraderecha para eliminar, o cuando menos laminar y debilitar, la democracia. Los ataques violentos, aunque fueran verbales, a Irene Montero y la persistencia de los mismos nos enseña, sin careta ni disimulo, el verdadero rostro del fascismo.

Sepamos bien de lo que hablamos. No permitamos que se confundan los exabruptos tabernarios con la política. Una vez más vemos que no todos son iguales. Estos insultos provocadores responden a una línea de actuación «política» que se apoya en la confrontación permanente en vez del debate de ideas, programas o propuestas. La excusa de los insultos a la ministra es una ley, pero eso no oculta que, en este caso lo que está en su punto de mira, es la igualdad real de las mujeres y el movimiento feminista. Lo sucedido pone en evidencia que esta gente, profundamente machista y patriarcal, no acepta, ni piensa hacerlo, que no hay democracia si no hay respeto de los derechos de la mujer, que no se entiende una democracia que no sea feminista. Por eso bloquean declaraciones institucionales contra la violencia machista.

El furibundo ataque machista contra Irene Montero, además de ser un ataque a la mujer en su conjunto, es un ataque al feminismo y cumple el objetivo de desgastar al Congreso. Propician una bronca callejera y, gracias a la ayuda mediática y de ese pozo sin fondo que son las redes sociales, hacen que sea esa la imagen del espacio donde reside la soberanía popular que es la esencia de la democracia.

Lo ocurrido en el Congreso, igual que lo sucedido en el Ayuntamiento de Zaragoza, responde a esa táctica y estrategia fascista que tiene como objetivo desprestigiar todo aquello que sea legítimo en una democracia. Necesitan destruir las instituciones; convencer de que no sirven nada más que para medrar y colocar amiguetes, aunque donde gobiernan, caso de Castilla y León, colocan a dedo; asustar con esos grandes males del terrorismo, aunque hace más de una década que ETA desapareció; proclamarse defensores de esa patria que quiere romper el independentismo, aunque les importa muy poco que la patria esté rota por la desigualdad social; negar el franquismo, aunque haya miles y miles de víctimas abandonadas por barrancos y cunetas.

En este caso la revuelta voxiana, aderezada con la testosterona, sirve de pantalla opaca de una sesión del Congreso en la que; se aprueban unos presupuestos sociales; sale adelante algo tan democrático como es la justicia fiscal para hacer que la banca y las eléctricas, empresas que inmoralmente se están lucrando con la crisis económica, aporten a la caja común con impuestos transitorios; y se pone en marcha el proceso para homologar al nivel europeo la trasnochada visión de la sedición que tiene nuestro código penal.

No hay más que dar un repaso a la acción de cargos de Vox en las diferentes instituciones en las que, con la legitimidad democrática que dan los votos de la ciudadanía, participan. En todas ellas veremos la intransigencia más provocadora, la sobreactuación permanente. La violencia verbal es la seña de identidad, ya se trate de la igualdad de la mujer, de temas ambientales o fiscales, de la crisis económica, de la inmigración, de la inflación, de la memoria democrática, de la educación o de la sanidad. Son proclamas incendiarias de odio, racismo, xenofobia, aporofobia, negacionistas de la violencia asesina que sufren las mujeres, blanqueadoras del franquismo y van contra el feminismo, contra la diversidad LGTBI y contra todo aquello que no encaje en su modelo de gobernanza despótica y antidemocrática.

El objetivo es claro. Saben que el fascismo lo tiene más fácil cuando caen las instituciones democráticas víctimas del desprestigio y de la desafección ciudadana y aquí les echan una mano quienes bloquean, y ayudan a desprestigiar, la renovación de uno de los poderes básicos y fundamentales de una democracia como es el poder judicial. Recuerdan muy bien como llegaron al poder Hitler y Mussolini. Aprovechan momentos complicados para presentarse como salvadores de la patria, para erigirse en resolvedores de los problemas que causan socialistas y comunistas. La crisis social, para esta gente, no es consecuencia del capitalismo feroz, ni del neoliberalismo salvaje que impone sus leyes, ni tienen nada que ver los mercados, ni la banca, ni las petroleras.

Tampoco, en su esquema caciquil de señoritos intocables, soportan ver que esta crisis, a diferencia de la anterior de 2008, no la están pagando solamente las clases medias y populares. Por eso consideran ilegítimo un gobierno del que forman parte quienes se sitúan a la izquierda del PSOE y fuerzan políticas sociales. Para esta gente lo que pasa es culpa de esos rojocomunistabolivarianos que no tienen la «hombría» suficiente para tomar decisiones.

Lo que quieren situar en el centro del debate es una cuestión de buenos y malos, de vencedores y vencidos, de socialcomunismo o libertad. Pero en estos momentos ya hemos llegado a una disyuntiva muy clara, hay que decidir entre fascismo y democracia. Y en este debate no vale la equidistancia, ni el ponerse de perfil, ni hacer que no va la cosa con nosotros o nosotras. Recuerden que, para esta gente, la mitad de quienes vivimos en este país merecemos ser fusilados o fusiladas.

Hay que repudiar y condenar estas acciones antidemocráticas y hay que hacerlo con contundencia. No vale esa timidez de quienes, como el PP, dicen no estar de acuerdo pero pactan gobiernos con ellos. Ni debería valer la opinión de esos medios de comunicación que, con su legión de especialistas en todo y sus tertulianos varios, blanquean y banalizan el fascismo.

Toca posicionarse, fascismo o democracia. Miren bien donde se colocan.

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