Opinión | HOGUERA DE MANZANAS

Los chicos más guapos de la ciudad

Mi amigo Jorge Martínez presentó el pasado jueves el libro Más birras, del barrio a la leyenda, coincidiendo con el reciente éxito de la película La estrella azul dedicada al legado de su líder, Mauricio Aznar. Se cumplen treinta años de su último concierto y veintitrés de la muerte de Mauricio. Y yo me alegro de que algunos aún los recordemos.

Cuando ellos empezaron a tocar, yo era una adolescente. Sus canciones se metieron en mi memoria porque tenían la misma tristeza y la misma rabia que siempre me acompañaban; también la dulzura y un desencanto que a veces era amable o gracioso o absurdamente desolador. Sin demasiadas pretensiones pero con más seriedad de la previsible, esas canciones comenzaron a crecer. Aquella era una época falsamente inofensiva, y la libertad y el placer que parecían infinitos y nos condenaban a vivir, como el mareo agradable de una borrachera, acabaron por convertir en verdad los peores presagios. Cuando leí en el periódico la noticia de la muerte de Mauricio Aznar comenzaba el otoño de 2000, aquel año que apenas meses antes sonaba a futuro impredecible y pasó a ser historia melancólica con la misma normalidad de cualquier otro. Me sorprendió lo triste que me puse, me entristecí como si se me hubiese muerto alguien conocido. Todas las calles del barrio envejecieron de golpe y yo era una mujer de treinta años que empujaba por primera vez un carrito de bebé mientras la juventud inmortal se alejaba. Ya nunca iría solamente donde quisieran mis botas.

Sin embargo, una chica morena y furiosa me miró desde el espejo con rabia y con desprecio, con el gesto beligerante de su elegida vuelta atrás. Y no la he vuelto a ver. Se largó hacia el mar, seguro, porque al este del Moncayo sólo hay sed y el desierto para correr. A veces quisiera mandarle violetas a alguna dirección inventada.