Opinión | TERCERA PÁGINA

Rafael Ibáñez, el carlista olvidado

Nacido en Fuentes Claras, tomó parte por el carlismo y murió finalmente represaliado por los suyos

El 29 de septiembre se cumplieron 190 años del fallecimiento del rey Fernando VII; para unos el Deseado, para otros el Rey Felón. A su muerte se sucedieron hasta tres conflictos civiles: las guerras carlistas, que más allá de decidir la sucesión a través de su hija Isabel II o su hermano Carlos María Isidro, contraponían dos maneras de concebir España: liberal o absolutista, ilustrada o tradicional, mirando al futuro o anclada en el pasado. Modelos antagónicos de sociedad y de pensamiento.

La efeméride nos permite recordar la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en la que el Bajo Aragón fue de las zonas más castigadas. Allí estuvieron algunos de los principales bastiones carlistas: en Cantavieja tuvo su cuartel el general Ramón Cabrera, uno de sus principales líderes militares, y en Mirambel la Junta Superior Gubernativa de Aragón, Valencia y Murcia, como poder administrativo. A ello hay que añadir las numerosas partidas militares, parecidas a las guerrillas del periodo napoleónico y lideradas por cabecillas locales, con victorias que hicieron concebir esperanzas al carlismo de triunfo final.

A grandes rasgos, el carlismo mantuvo simpatías en poblaciones pequeñas y rurales, mientras los isabelinos dominaban en las ciudades. Baste recordar la Cincomarzada, efímera toma de Zaragoza por el general Cabañero. Dicho predominio en zonas rurales supuso la proliferación de líderes locales, llegando algunos a ser importantes.

Uno de ellos fue Rafael Ibáñez de Ibáñez, nacido en Fuentes Claras el 24 de octubre de 1796 y procedente de la familia nobiliaria de los Ibáñez-Cuevas, con diversos solares en Cataluña y Aragón. Ingresó en el Real Seminario de Nobles de Madrid en 1808 y siguió carrera militar; en 1829 era segundo comandante del batallón de Calamocha y en 1832 primer comandante en Daroca. Allí vivió la muerte de Fernando VII, la coronación de Isabel II y los primeros pronunciamientos en favor del pretendiente Carlos. En la Comarca del Jiloca, mientras Calamocha se mostró partidaria de los isabelinos en los pueblos surgieron mayores simpatías por el carlismo; Ibáñez tomó partido por éstos y se erigió como uno de sus primeros cabecillas, participando en acciones del bando carlista durante aquellos años. Según las fuentes, ascendió a teniente coronel e incluso llegaría a general. A principios de 1838 ya era Comisario de Guerra y formó parte de la Junta Superior Gubernativa, radicada en Mirambel. También estuvo a las órdenes de Ramón Cabrera como jefe de los ejércitos carlistas en Cataluña, Valencia y Aragón.

El 31 de agosto de 1839 tuvo lugar el Convenio de Vergara y las fuerzas carlistas del País Vasco y Navarra depusieron las armas. Cabrera decidió proseguir la lucha y la Junta Superior Gubernativa publicó el 14 de septiembre un manifiesto reafirmando esta intención; entre sus ocho firmantes estaba Rafael Ibáñez. Sin embargo, Cabrera convocó en Cantavieja a su Estado Mayor para decidir si continuar la guerra, pactar o rendirse; Ibáñez votó esto último, lo que enojó a Cabrera e hizo aflorar supuestas pruebas de que mantenía correspondencia con Cabañero, recién pasado al bando isabelino a raíz del Convenio de Vergara.

Cabrera ordenó su ejecución junto a seis mandos más, también acusados de contactar con Cabañero para rendirse o pasarse al enemigo. Pero Ibáñez no fue fusilado: la ejecución fue particularmente cruel. Ataron sus extremidades a cuatro caballos, que arrancaron en direcciones opuestas y descuartizaron su cuerpo. Ese fue su final, hacia octubre de 1839. Dada la crueldad que exhibía Cabrera en sus acciones –sobre todo al final de la guerra, al ver espías y conspiradores por todas partes–, las represalias se extendieron a su familia y una partida llegó hasta Fuentes Claras, saqueando las propiedades de la familia Ibáñez. Quizá entonces fue picado el blasón de la casa solariega (conocida como Casa Grande), como parte del castigo y con clara intención de borrar su memoria; así sigue, a día de hoy.

La familia intentó mantener la memoria de Ibáñez y de los sucesos vividos. Sin embargo, con la partición de la casa solariega en dos mitades hacia 1915 el patrimonio familiar se dispersó y el paso del tiempo hizo el resto. Ibáñez fue olvidado como perteneciente al bando perdedor y represaliado por los suyos; aun así, la memoria oral mantuvo su figura y permite recuperar un relato perdido. Las guerras carlistas catalizaron tensiones sociales, ideas políticas y luchas de poder en la España del siglo XIX. Hoy es un fenómeno estudiado pero difícil de documentar por su carácter bárbaro y cainita, que arrastró a su paso a muchos de sus protagonistas. Como Ibáñez, líder carlista de Fuentes Claras, verdugo y víctima de su tiempo, figura local cuya recuperación al cabo de dos siglos sigue pendiente.