Opinión

Malestar bien aprovechado

Existe una progresiva polarización política, un agotamiento de la política convencional

Empecemos por acercarnos al puzle: el triunfo en las elecciones de Países Bajos del partido por la Libertad, cuyo líder Geert Wilders en el transcurso de estas últimas décadas ha desarrollado un ideario político bien parejo al que encontramos en los gobiernos de Hungría, Polonia, Suecia o Italia; junto a la situación de evidente inestabilidad política en GBR, al igual que en la segunda presidencia francesa de Enmanuel Macron o el actual ejemplo español.

Sin dejar al margen, los resultados electorales en Argentina con el triunfo del Sr. Milei frente a la política convencional argentina; la fuerza social e institucional existente en el movimiento trumpista republicano que ha sido partícipe en la defenestración del presidente de la Cámara de Representantes de los EEUU y líder republicano Kevin McCarthy. Y todo ello en el presente de la progresiva implosión de opciones políticas que desde finales de la Segunda Guerra Mundial fueron hegemónicas y que en estos momentos, o han desaparecido de la esfera política pública (véase el ejemplo del laborismo israelí y la situación del republicanismo tradicional galo), o en su caso se han disuelto en nuevas plataformas políticas-sociales donde buscan su propia supervivencia. Estas realidades son el vivo ejemplo del malestar contemporáneo que desde la crisis económico-financiera de 2008 y la pandemia del covid-19 no deja de revelarse a nivel global. Desde este océano de diversas realidades muy parejas entre sí ¿Qué aspectos se subrayan en este malestar global?

En primer lugar existe una progresiva polarización política, una especie de agotamiento de la política convencional junto a la desconexión con sus sociedades, y que está determinando una mayor tensión política a nivel institucional, mediática, y, donde cada vez más los extremos políticos y sociales que hasta hace nada no tenían representación política e institucional han dejado de ser una excepción. Se han normalizado determinados discursos hasta por los propios gobiernos y partidos más tradicionales o sistémicos que necesitan de una parte de un electorado no partícipe de los beneficios económicos, sociales, políticos, cada vez más escorado a posiciones políticas extremas, y pugnando por un voto que puede orientarse hacia opciones populistas y antidemocráticas, ejemplos son el caso de Suecia, Finlandia, Francia, Grecia o España, entre otros.

Un segundo aspecto nos lleva a plantearnos simplemente cuestiones como: ¿Dónde queda la centralidad sociológica, electoral y política? ¿Las sociedades están cada vez más receptivas a discursos que no priorizan las soluciones y los discursos que emanan de la denominada política convencional? ¿Dónde quedan los principios que asientan nuestras sociedades democráticas liberales cuando vemos avanzar en los espacios de representatividad democrática opciones políticas contrarias al modelo constitucional liberal?

Un tercer elemento resulta de la presencia en el discurso y en el relato político del mensaje negativo-emocional-simple, falto de un posible espacio de reflexión y vinculado absolutamente al ámbito de las redes sociales digitales cada vez más aisladas, una especie de consumo permanente dentro de grupos políticos y sociales cerrados, herméticos al replanteamiento de sus propias verdades frente al otro; es decir aparece el fenómeno la progresiva desaparición de la plaza pública y su fractura en micro espacios de discusión. Y muy unido a esta cuestión, el impacto de la identidad: frente a la realidad ideológica es la identitaria que suplanta en muchos casos los discursos de aproximación a los problemas y la posibilidad de unir partes de una sociedad fracturada e individualizada, siendo un discurso que tiene una mayor capacidad de penetración social. Los discursos de Milei en Argentina, de líderes de Podemos y Vox en España, de Bukerke en El Salvador, la construcción del relato de no aceptación de la derrota electoral en EEUU por Donald Trump y en Brasil por Bolsonaro, así como el actual discurso oficialista de la India actual son vivos ejemplos de esta cuestión.

Un cuarto aspecto de esta realidad es la cuestión relativa la banalidad de la palabra en la esfera política y social, el uso de términos agresivos –poco ingeniosos– como simplificación del presente, términos como guerra, antisemitismo, fascismo, inmigrante, opositor, entre otros…, son banalizados en aras de una evidente mediocridad e incapacidad constructiva en el discurso político.

Un quinto aspecto es la cuestión de la nostalgia, y que cada vez se va abriendo paso en la esfera política y aquí incorporo una cita de Ilja Leonard Pfeijffer quien en su novela Grand Hotel Europa escribe «Es muy tentador pensar que la solución de nuestros problemas actuales pasa por atrasar los relojes hasta una época en que esos problemas todavía no existían». Frente a la complejidad de los problemas –algo no nuevo en las sociedades– se impone una búsqueda de un pasado nostálgico selectivo como reacción al presente, una especie de extraña utopía ante los problemas que hay que gestionar, una especie de puerto seguro frente a los embates generados por los rápidos cambios que de fondo se están engendrando en las sociedades. Existe una especie de búsqueda por la seguridad emocional y sentimental en la acción política y social frente a una supuesta aceleración de la historia, sin entrar a valorar y analizar los desafíos existentes como es el ejemplo de la inmigración en EEUU, la transformación digital e impacto de la Inteligencia Artificial, o en su caso la «progresiva erosión» de la soberanía y capacidad de decisión estatal ante proyectos supranacionales como es el caso europeo.

El año 2024 seguirá sufriendo este malestar, un malestar real a veces inducido y que será aprovechado por opciones políticas que intentarán disfrutar de una mayor presencia o capacidad de decisión política, un test de ello serán las próximas elecciones parlamentarias europeas así como el proceso electoral en EEUU.