Menuda lección hemos recibido algunos este fin de semana. Se acabó el llevar mascarilla al aire libre y oh, sorpresa, la mayoría no nos la hemos quitado. Cuántas veces hemos comentado antes del día 26 que las calles corrían el riesgo de convertirse en una jungla donde nadie respetaría la distancia de seguridad. Una especie de Sodoma y Gomorra en tiempos de covid. Qué miedo. Qué preocupación. Qué iba a ser de nosotros. Pensamos que abrir la veda con unas cifras de vacunación todavía mejorables podría darnos algún sobresalto. Pues nada más lejos de la realidad. Reconozcámoslo. El sentido común y la prudencia nos ha dado en las narices. Y bien fuerte.

Seamos sinceros. Todos lo hemos hecho alguna vez durante estos 15 meses de pandemia. Hemos pensado que la mayoría es irresponsable de por sí. Ejemplos ha habido. Desafíos a la Policía al no querer llevar la mascarilla. Rebeldes con causa y sin perro saliendo a pasear durante el estado de alarma. Espabilados queriendo ir al apartamento de la playa con su ciudad confinada. Listos saltándose la cola para vacunarse. Jóvenes y algunos más talluditos celebrando fiestas clandestinas en plena ola de contagios. Todo eso ha ocurrido. Pero quizá no hemos tenido presente lo suficiente que eran una minoría. La mayoría aplaudía desde el balcón, se quedaba en casa y cumplía las normas, estrictas, prolongadas y a veces controvertidas, de las distintas administraciones. Sin rechistar.

Entonar el mea culpa congratula en este caso. Este tiempo he escuchado muchas conversaciones en las que se criticaban comportamientos, se hablaba de los policías de balcón. «No se multa lo suficiente, las sanciones ni llegan ni se cobraban y efectivos policiales son pocos», decían. Todo era un desastre, siempre sabíamos cómo hacerlo mejor. Como con la selección española, que cualquiera elige mejor al 11 titular que Luis Enrique en la Eurocopa.

Pero llegó el sábado y 400 días después podíamos sacarnos la mascarilla. Y la mayoría no lo hizo. En los medios de comunicación, la opinión de muchos ciudadanos sonaba a sensatez y responsabilidad. Discursos que caían como una losa sobre los que alguna vez hemos desconfiado. Y cuánto me alegro. Los que reclamaban al Estado que dejara de infantilizarnos como sociedad tenían razón. Es como cuando de repente ves a un niño de la familia hacerse mayor. Aun habiéndolo visto tres días antes, de repente, sin esperarlo, en un segundo, tomas conciencia de que la sombra de debajo de la nariz es en realidad un principio de bigote. Fiestas de fin de curso aparte, nos hemos hecho adultos. Ojalá sigamos así. Démonos un voto de confianza.