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La 8ª jornada de Segunda División

Oda a la incompetencia. La crónica del Real Zaragoza-SD Eibar (0-0)

Recital de incapacidad de un Zaragoza mal dirigido que no pudo con un rival con nueve

Trujillo anula el gol de Bermejo tras visionar la jugada en la pantalla. JAIME GALINDO

Fue peor que una derrota. Mucho peor. No puede ser de otro modo cuando se exhibe una manifiesta incapacidad y se derrocha incompetencia, dos aspectos que inundaron La Romareda en una noche aciaga que se recordará durante mucho tiempo. Más de una hora jugó el Real Zaragoza con uno más y cerca de media ante un rival con nueve y ni aun así fue capaz de ganar un equipo aragonés muy mal dirigido desde el banquillo, vacío de directrices y preso de su propia inconsistencia. Resuena tanto en el vestuario el discurso de la relevancia de la fortaleza defensiva que cuando se impone ganar nadie sabe cómo hacerlo.

Porque el duelo se le puso tan bien al Zaragoza que la victoria era el único destino posible. Durante una hora jugó con un efectivo más el equipo aragonés debido a la expulsión de Venancio cuando el central apenas llevaba diez minutos en el campo tras haber sustituido al lesionado Berrocal. Antes del descanso, Garitano ya había ordenado tres cambios. Porque al recambio obligado en la zaga se le sumó la doble permuta con la que el técnico vasco respondió ante la inferioridad numérica.

El movimiento fue tan extraño como bendito para los intereses zaragocistas ya que Garitano tiró para atrás y reordenó una defensa con tres centrales sacrificando a los dos atacantes de los costados: Corpas y Stoichkov, seguramente los dos mejores futbolistas del Eibar. 

Al Zaragoza le tocaba dar la cara. Se habían acabado las coartadas. Con uno más ante un adversario sin sus mejores bazas, el triunfo era una obligación. Y más aún cuando, a un cuarto de hora del minuto 90, Javi Muñoz fue expulsado con roja directa por una entrada dura a Fuentes. Ya no había escapatoria. Si en esas circunstancias el Zaragoza tampoco era capaz de ganar, Carcedo y sus pupilos iban a quedar muy señalados. 

Antes de todo ello, el partido había estado marcado por la iniciativa del Eibar y el repliegue de un Zaragoza amparado en la voluntad de Francho, la incesante búsqueda de soluciones de Azón y la verticalidad de Giuliano . Corpas, con un remate ajustado que se perdió por poco, y un cabezazo desviado de Jair protagonizaron el escaso bagaje ofensivo en una primera parte marcada por la rigurosa expulsión de Venancio por quitarse de encima con un manotazo el asedio de Vada antes del saque de una falta lateral.

Fue el inicio de otro recital de incompetencia. La de Trujillo Suárez, mal sobre el césped, pero, sobre todo, la de Ocón Arráiz, un desastre que destrozó todo lo que tocó desde la sala VOR, donde ordenó a su colega que acudiera a visionar la jugada. El canario estuvo poco rato frente a la pantalla antes de mandar a la ducha al central para algarabía de una Romareda que se las prometía muy felices.

Mientras Garitano añadía en el descanso un movimiento más con la entrada de Leschuk por Bautista (cuatro cambios en 45 minutos), a Carcedo solo se le ocurrió cambiar el lateral y buscar más profundidad con Larra. A un rival en inferioridad que se protege con tres centrales se le ataca por los costados, buscando el dos contra uno en banda y persiguiendo la línea de fondo para poner centros o pases de la muerte. Sin embargo, Carcedo optó por extremos a banda cambiada. Simeone seguía en la izquierda y Bermejo en la derecha. Vada, del que solo hubo noticias en la expulsión de Venancio, se mantenía incomprensiblemente en el campo.

El Eibar dejaba claro que su único plan pasaba por rascar un punto con sabor a gloria. El Zaragoza, por el contrario, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. La superioridad numérica no estaba en el guion. Daba la impresión de que nadie tenía claro ni qué hacer ni, sobre todo, cómo.

Al festival de incompetencia volvió pronto Ocón, que volvió a irrumpir para invitar a Trujillo a que invalidara un gol de Bermejo porque el madrileño había metido el dedo en el ojo a Arbilla. Y el canario volvió a asentir ante una Romareda estupefacta consciente de que si Venancio no hubiera sido expulsado el gol habría valido.

La entrada de Mollejo invitaba a pensar que, al fin, Carcedo había entrado en razón y que el Zaragoza atacaría, al menos un costado, con dos jugadores por banda sin pies cambiados ni gaitas para poner centros a un Gueye que también entraba en escena. Nada de eso. Solo en los últimos diez minutos dio esa orden, cuando optó por Puche porque no le quedó más remedio tras la segunda expulsión sufrida por el Eibar. 

Pero todo era chapucero y caótico. Centros lejanos, Jair de delantero centro y una bochornosa sensación de que la incapacidad duele mucho más que cualquier derrota. Pura incompetencia.

Real Zaragoza: Cristian Alvarez; Fran Gámez (Larrazábal, m.46), Lluís López, Jair, Fuentes; Francho (Manu Molina, m.83), Jaume Grau; Bermejo (Mollejo, m.66), Vada (Puche, m.83), Giuliano Simeone; e Iván Azón (Gueye, m.66).

Eibar: Yoel; Tejero, Berrocal (Venancio, m.29), Arbilla, Imanol (Quique, m.81); Sergio Álvarez, Matheus Pereira; Corpas (Correa, m.42), Javi Muñoz, Stoichkov (Nolaskoain, m.42); y Bautista (Blanco Leschuk, m.46).

Arbitro: Trujillo Suárez (Comité de Tenerife). Expulsó con roja directa a Venancio (m.40). Amonestó con tarjeta amarilla a Fran Gámez y Jair, del equipo local y a Berrocal, Tejero, Arbilla, Correa, Blanco Leschuk, Imanol, Nolaskoain y Matheus Pereira del visitante.

Incidencias: partido correspondiente a la octava jornada de Liga de Segunda división disputado en el estadio de La Romareda de Zaragoza ante 18.523 espectadores. Se guardó un minuto de silencio por la tragedia ocurrida en Indonesia y por el exportero Edu Navarro.

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