A lo largo de la apasionante historia de la iglesia zaragozana es conveniente señalar que hay dos tiempos muy diferentes, en lo que respecta a la consolidación del santuario pilarista como centro devocional y espiritual, tanto para la ciudad como para la diócesis y para Aragón.

Un primer tiempo que estaría relacionado con la sagrada Columna que es la notable reliquia que testimonia la presencia de María de Nazaret en las orillas del Ebro, en los espacios de esta ciudad de Cesaraugusta, que debe ser entendida como un punto clave en la estrategia de las comunicaciones en la Hispania romana.

Y, después de esta secuencia en la que la Columna centra la memoria de María, se abre un segundo momento en el que la referencia es la imagen devocional que, según la doctora Lacarra, se colocaría sobre la sagrada Columna en torno al año 1430, después de que el escultor darocense Juan de la Huerta hubiera facilitado a la reina Blanca de Navarra la talla de Nuestra Señora del Pilar que se introduce en el templo anexo, exactamente en el claustro al que se accede desde la iglesia de Santa María la Mayor de Zaragoza. 

'Venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza', Maestro de Luesia, 1490

De la devoción de la columna a la talla

Por lo tanto, en el sigo XV podríamos concluir que acaba el periodo de protagonismo de la sagrada Columna, considerada reliquia, y se abre el de la talla de Nuestra Señora del Pilar, que asume el título de imagen devocional. Pero, esta dualidad no es tan clara o, mejor dicho, no es tan evidente que el auge de la imagen provoque el declive de la Columna. Y que esto no es del todo cierto, lo demuestra el hecho de que el general Palafox, cuando acude al templo buscando elevar la moral de los zaragozanos que sufren la barbarie militar napoleónica, se refiere a la Columna, proponiéndola como sostén de ese difícil momento.

El asunto nos llevaría pues a intentar profundizar más en el crecimiento de la devoción pilarista asentada en la imagen, cuestión que puede explicarse con el suceso del milagro de Calanda, que ocurre en marzo de 1640.

La noticia del extraordinario suceso, documentado ampliamente y estudiado por médicos de las cortes europeas del momento, trasmite a la sociedad un hecho evidente: la visión del cojo de Calanda solo incluye la imagen devocional.

Por ello, la partida la gana la imagen de la Virgen del Pilar que se convierte en el centro de las miradas de los devotos y en el camino para buscar esperanza en los momentos más angustiosos. Su capacidad de obrar milagros se centra en la talla que salta al mundo del grabado y de la que se hacen miles de copias, más o menos acertadas, que llevan a los domicilios privados la presencia de la Virgen intercesora y protectora de los aragoneses.

Milagro de Calanda

Donaciones para la construcción del templo

Esta bipolaridad, de la que estamos hablando, nos lleva a entender dos modos de relación de los devotos con el espacio eclesial y con la imagen que lo preside. Antiguamente todos entendieron que lo importante es consolidar el edificio romano que pervive, lo mismo que el templo añadido que es necesario ampliar o reconstruir. En todo caso mejorar este espacio sagrado.

Nos vamos al momento en el que se conquista Zaragoza en las navidades del 1118, cuando el rey Alfonso el Batallador y el obispo Pedro de Librana pueden acceder al interior de la vieja y notable iglesia dedicada a Santa María, la más antigua de todas las construidas en honor a la Virgen. Todos se ponen manos a la obra, y uso este término pues se dedicarán a restaurar un edificio muy dañado, sin ninguna obra de mantenimiento desde que la levantara san Braulio hace casi quinientos años, dado que los musulmanes permitían mantener las iglesias en culto, pero no las dejaban arreglar.

La empresa de recuperar el edificio visigodo y el edículo romano está en marcha. Pero, la figura clave en todo este giro pilarista es el matrimonio del primer señor de Zaragoza, el conde Gastón de Bearne, con doña Talesa, miembro de la familia real aragonesa y prima del rey Alfonso I.

Olifante de Gastón de Bearn

Olifante de Gastón de Bearn

Olifante de Gastón de Bearn

Olifante de Gastón de Bearn

Olifante de Gastón de Bearn

Imagen idealizada de Gastón de Bearn

Ellos dos serán los primeros devotos en esta nueva época que aporten grandes donaciones para restaurar el templo. Dinero, tierras, derechos y objetos personales acaban en manos de los clérigos de la iglesia de Santa María que, además, acogerá los cuerpos muertos de ellos dos y de su hijo.

En 1130 será enterrado el conde y se hará real la donación del Olifante o cuerno de caza, que Gastón de Bearne había traído de su laureada intervención construyendo las torres que facilitan la conquista de Jerusalén, una empresa que le había permitido ser conocido como el Cruzado.

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EN IMÁGENES | El paso de los niños por el manto de la Virgen del Pilar ANDREEA VORNICU

De iglesia a colegiata

Diez años después, el obispo Bernardo consigue que el papa Inocencio III convierta esta iglesia en Colegiata de Santa María, lo cual dispara las donaciones de los particulares. Conforme avancen las reformas y los nuevos edificios románicos, el interés se desata por los altares, por vestirlos y, especialmente, por pagar las lámparas de aceite que los iluminan permanentemente.

En diciembre de 1181, el obispo Torroja dota una lámpara encendida ante el altar de la Bienaventurada Virgen María, día y noche, lo mismo que hace Alfonso II de Aragón en 1191. Las obras son costosas y es necesario seguir, al mismo tiempo que vistiendo los interiores, promoviendo más donaciones y, por supuesto, ampliando las peregrinaciones a la Sagrada Columna, al templo de Santa María la Mayor de Zaragoza que benefician las economías del templo y de la ciudad.

Corona Zaporta, siglo XVI

Corona Zaporta, siglo XVI

La imagen gótica recibe joyas y coronas

Manteniéndose viva esta situación, en el siglo XV se coloca sobre la sagrada Columna una imagen de la Virgen. A partir de este momento, la pequeña talla va a cobrar todo el protagonismo y asistimos al interés por engalanarla y obsequiarla, por parte de una sociedad que cambia sus modos de pensar y quiere hacer participar a las imágenes de esa riqueza y de ese lujo que caracteriza la vida de los nuevos burgueses, los gestores de la ciudad y los mayores convencidos de la importancia de valorar el tiempo.

Si las mujeres se adornan con joyas para señalar su importancia, la imagen recibirá el regalo de vistosas joyas que tienen como finalidad enriquecer su imagen y servir como testimonio de la generosidad de las personas con su Virgen. Y no solo tendremos joyas puntuales, sino también coronas que ya sabemos que recibe en las donaciones del siglo XVI. 

La talla de la Virgen del Pilar. Catálogo 'El Pilar es la columna'

En este momento, se generaliza una imagen de la Virgen muy importante: la que refuerza su valor de protectora. Se ha recuperado la vieja historia del manto que cayó sobre los discípulos que contemplaban la Asunción de María al cielo, que fueron cubiertos por esa tela para testimoniar que contarían con la protección de la madre de Dios. Aparece la costumbre de vestir a las tallas con mantos, claramente influenciados por las ceremonias bizantinas.

En el templo del Pilar sabemos que ya hay mantos desde el siglo XV, puesto que conocemos la donación de un manto en 1491 por la condesa de Ribagorza, esperando que su heredero saliera de una grave enfermedad, tal y como ocurrió. Esta costumbre, ampliamente documentada en adelante, nos explica que el manto se ha incorporado a la vida de la capilla del claustro, donde la gente se arrodilla para besar la sagrada Columna y acude para rezar ante la imagen.

Los mantos antiguos se trocean y se reparten

Pero el manto tiene otra importante función, que no debemos olvidar. Se utiliza, especialmente, para prender en su terciopelo las joyas que se le regalan a la Virgen, cuestión que provoca que los mantos se rasguen con frecuencia y haya que promover nuevas donaciones de mantos, una operación en la que al donante se le daba el manto viejo, que podía trocear y repartirlo entre sus gentes. De esta manera se explica que no se hayan conservado mantos muy antiguos, salvo los que retrataron los pintores al hacer pinturas devocionales con la vista del camarín en el que estaba colocada la imagen pilarista. 

Virgen con el manto subido

Son tiempos en los que el manto cubre toda la imagen de la Virgen y la de su divino Hijo, pues sabemos que durante el siglo XVI lo que interesa es dejar ver más trozo de la sagrada Columna, hasta que se plantea la conveniencia de ir bajándolo hasta la cintura. La finalidad es dejar a la vista más trozo de la imagen que ha obrado el gran milagro de Calanda, razón por la cual esta costumbre se fecha a partir del año 1640.

Es además el tiempo en el que la Virgen del Pilar es nombrada patrona de la ciudad de Zaragoza, en 1678, y del reino de Aragón, por lo que no es tan importante dejar ver la sagrada Columna como la talla milagrosa. Para valorar la importancia de la donación de estos mantos, puede recordarse que a fines del XVII sobrepasan los setenta y que actualmente pueden superar la cifra de quinientos. Y prendidos de esos terciopelos, en ese siglo del barroco, en el que se desarrolla una importante orfebrería en la España de los Austrias, la catedral de Pilar recibe notables donaciones de originales creaciones de orfebres, algunas de las cuales se han subastado o perdido. 

Reyes, papas, príncipes... agasajan a la Virgen

Cuando llegamos al siglo XVIII, el arquitecto real Ventura Rodríguez acomete la construcción de la Santa Capilla, incorporándola como espacio nuclear de la nueva iglesia catedral que va a ganar en amplitud, para acoger a los crecientes grupos de peregrinos. Se ha impuesto la idea de ir bajando todavía más el manto, con la finalidad de ir dejando visible más trozo de la imagen de Nuestra Señora.

Por ello, se llegará a situarlo en los pies de la imagen, tal y como se puede ver en la actualidad. En esos momentos, en el año 1762, hay que documentar el famoso manto del Cabildo, de 1762, y un montón de ellos que se irán donando por las familias y las instituciones aragonesas. Además, la devoción pilarista, sin olvidar a los papas, ha contado con unos importantes colaboradores que han sido los reyes que han gobernado los reinos de la actual España. Como ejemplo podemos recordar que el rey Fernando el Católico decía «que ninguno de los católicos de Occidente ignora que en la ciudad de Zaragoza hay un templo de admirable devoción, sagrada y antiquísima», dedicado a Santa María del Pilar. 

Manto regalado por la reina María Cristina a la Virgen del Pilar

En esta línea, mantenida por la dinastía de los Austrias, los Borbones seguirán siendo muy proclives a hacer importantes donaciones y concesiones a la Virgen del Pilar. Por ejemplo, es muy notable el papel de la Casa Real cuando consolida modas como la de morir bajo el manto de la Virgen, como ocurre con Alfonso XIII, en Roma el año 1941, y la reina Victoria en Lausana en 1969, usando, en ambos casos, el manto regalado por la reina María Cristina a finales del XIX. 

Hoy, unas decenas de mantos cumplen este cometido para acompañar el final de la vida. Y se mantiene la tradición de hacer regalos, obsequios, agradecimientos, a la Virgen del Pilar por esa tutela que sienten que ejerce en bien de la tierra en la que mandó levantar su templo. El manto, la joya, siguen siendo elementos de regalo por parte de familias e instituciones, incluso por creadores que deciden incorporar al tesoro del Pilar sus mejores obras.

Dos ejemplos, de entre muchos. El bordador zaragozano Lizuain, en 1822, ofreció un espléndido manto que demuestra su alta calidad en la ejecución y su maestría. El académico de Bellas Artes de San Luis y subdirector del Museo del Prado, José Garnelo, en 1903, ofreció a la Virgen un manto que es una auténtica joya.

Donaciones colectivas en el siglo XX

Como podemos ir descubriendo, en esta segunda etapa, hemos pasado de la colaboración para construir o mejorar el marco arquitectónico a la preocupación por donar objetos que sirvan para ennoblecer y embellecer la imagen pilarista. Pero, los inicios del siglo XX producen una situación curiosa: la coincidencia de la necesidad de acabar las obras arquitectónicas -las largas obras del Pilar- con la urgencia de dignificar extraordinariamente el culto.

Placa de reconocimiento a los benefactores del museo del Pilar

Por ello, veremos que se siguen recibiendo muchas donaciones de joyas que ya no se prenden y exhiben en los mantos, pero que se apuesta por donaciones de piezas que, dado su alto valor, son el resultado de las contribuciones de los devotos. Ya no hay solo donaciones individuales, ahora la colectividad de los creyentes aúna sus esfuerzos para conseguir grandes donaciones.

Por ejemplo, las coronas antiguas no sirven para una imagen que es coronada canónicamente, en 1905, y es necesario construir una nueva, extraordinariamente costosa y hermosa, algo nunca visto hasta ese momento con diez mil piedras preciosas engarzadas. En ella están las pequeñas o grandes joyas de muchas españolas que, de diferente condición social, han donado: alianzas, pendientes, broches, pulseras e incluso relojes.

Corona de la coronación canónica de la Virgen del Pilar

Corona de la coronación canónica de la Virgen del Pilar

Detalle de la corona

Detalle de la corona

Pero, como dijimos, es necesario continuar con la construcción del templo barroco comenzado en el siglo XVII, en realidad hay que acabarlo. Y eso es muy caro, por lo que se irán reuniendo contribuciones pequeñas para lograrlo, pero será una gran donación que hace el matrimonio de doña Leonor Sala y don Francisco Urzaiz el que posibilite construir las dos últimas torres del Pilar, las de la ribera que serán dedicadas a san Francisco y santa Leonor.

Torre de San Francisco de Borja, en construcción en 1954

En 1961 se concluye la obra, financiada en su totalidad por ellos, y el templo está prácticamente completo, siendo en el futuro las aportaciones de algunas empresas las que asuman la restauración de algunas capillas de Pilar, promovidas por el obispo don Manuel Ureña. Las cosas han cambiado mucho y, aunque esporádicamente se regalan estas restauraciones de capillas o de altares, lo que sigue existiendo es un permanente río de donaciones de joyas, quizás de menor valor y en menos cuantía, además de muchos objetos diversos.

Vista de la basílica en obras