No digan que no conocen a nadie, por no ponerles delante del espejo chivota, que echa de menos esos tiempos de clausura de confinamiento. Estar encerrado en casa sin mucho que hacer, cocinar cosas ricas a horno lento, empapuzarte de Netflix a mansalva, tener todo más limpio que la calva de Míster Proper, esa copita de vino blanco tras la clase de pilates por el YouTube… Qué tiempos aquellos. Qué malamente lo pasamos con tanto relax hipocondriaco. Y a las ocho salir al balcón a aplaudir a… Ahora no me acuerdo.

En ese aislamiento nos hicimos más sociables en la soledad o en familia. Contactamos con aquel excompañero de pupitre de sexto de EGB, aquel tuno de Cuenca que conociste en la fiesta de Derecho de tercero de carrera o con el primo segundo que ahora trabaja con las cabras en La Codoñera. ¿Qué será de ellos ahora? Y a mí qué. Nunca más se supo. Bien lejos.

Estas ansias de que el mundo desaparezca es un sentimiento que empieza a crecer estos meses de verano en los habitantes de los pueblos. Es un sube y baja de emociones.

Primero hay que cambiar el disco. Fuera el Dúo Dinámico. Pongamos a los Héroes. El insoportable «Avalanchaaaaaaaaaaaaa». Porque así nos vienen los hijos de… los hijos del pueblo. Esas generaciones fugadas que reabren la casona a finales de julio y todo agosto.

Invasión

Nos invaden, literal. Las calles estrechas se llenan de coches inmensos, aparcan donde les va en gana, te copan las sillas de la terraza del bar, hay que esperar en la tienda y no puedes parar en la charrada con el panadero, el silencio camino de la fuente es ahora chillido y ruido, llenan los cubos de la basura a 50 grados a la sombra, tienes que parar con cuidado para no atropellar algún crío jugando a la pelota y preguntan a todo el mundo sobre quién es ese neorural nuevo. ¡Si los nuevos son ellos! O al menos intermitentes. De puente a puente y que se los lleve el atasco.

Pero si te quitas el complejo de enanito gruñón compruebas cómo estas semanas se escuchan risas de niños, hay gente jugando en ese frontón que no sabías qué hacía ahí, a los abuelos les cambia la cara al ver al nieto, las hermanas reviven de nuevo como en la infancia, las familias se juntan en el huerto, el jardín o la piscina.

Hay gente para hacer cosas con mascarilla. Caras nuevas y nuevas conversaciones. Los que están solos ya no lo están tanto. Te puedes imaginar lo que fue la vida del pueblo cuando la despoblación existía menos. Una pequeña ficción antes de volver a nuestro confinamiento rural en septiembre. Quizá un término medio no esté tan mal.