Las elecciones del pasado domingo en Castilla y León han abierto un nuevo capítulo en el apasionante relato al que venimos asistiendo en la política española desde 2014. A la ruptura del bipartidismo, la aparición de dos nuevas fuerzas que pusieron en peligro la hegemonía del PP y el PSOE y la inopinada entrada en escena de la extrema derecha, se añade ahora a la posible consolidación de los partidos provenientes de la España vaciada, algo que ya anticipamos en Aragón con el magnífico resultado de Teruel Existe en las últimas elecciones generales.

Pero si algo deja el resultado de este pasado fin de semana son algunas lecciones para casi todos los partidos.

Un error

En el PP ha quedado claro que la apuesta por adelantar las elecciones fue un error y que, de momento, no parecen en disposición de sacar ventaja del aparente desgaste del Gobierno de España. Pablo Casado ha quedado en evidencia frente a sus compañeros de partido porque en este proceso necesitaba dejar claro que su estrategia de confrontación total con Pedro Sánchez podía conducir al PP de nuevo a la Moncloa, aunque más bien parece que a lo único a lo que le conduce es a arrinconar a su partido en una posición cada vez más extrema junto a Vox.

Es precisamente la extrema derecha la más beneficiada de la jugada de Casado. Los 13 escaños de Vox, y el paso delante dado por Abascal durante la noche electoral, reclamando una presencia importante en el nuevo ejecutivo castellanoleonés, significan que ya han dado fin a su etapa de crecimiento desde fuera de las instituciones y que entiende que ha llegado el momento de poner en marcha sus propuestas. Sin duda es el anticipo de lo que esperan hacer en Andalucía, donde las encuestas les auguran un resultado todavía mejor y donde el impacto de su presencia en el Gobierno podría ser definitivo de cara al cuestionamiento del PP como principal referente de la derecha en España.

Los votos del PSOE parecen haber ido, íntegramente, a las candidaturas de los partidos minoritarios que representan los intereses provinciales

Para el PSOE el resultado ha sido malo, aunque el discreto resultado del PP y el desmoronamiento de Ciudadanos ha encubierto, en parte, los 7 escaños perdidos respecto a 2019. Los votos del PSOE parecen haber ido, íntegramente, a las candidaturas de los partidos minoritarios que representan los intereses provinciales, y esto supone una gran diferencia respecto a lo ocurrido con Teruel Existe, cuyos apoyos se nutrieron, casi en igual medida, de exvotantes de la izquierda y de la derecha. De cara al futuro, el PSOE no solo va a tener que lidiar con la necesidad de movilizar a todo su electorado, sino que también va a tener que estar muy atento a los movimientos ciudadanos susceptibles de convertirse en nuevos partidos. Ciudadanos y Podemos comienzan a convertirse en meras figuras decorativas en muchas comunidades autónomas y, como en el caso de Castilla y León, ya ni siquiera la aritmética parlamentaria les concede algún valor. Ambos han fracasado en su intento de construir estructuras territoriales potentes, algo básico para poder mantener su influencia en un país tan descentralizado como el nuestro, limitando su presencia a las grandes ciudades.

Ciudadanos

El caso de Ciudadanos es mucho peor, puesto que parece más probable su completa desaparición que el resurgimiento que Inés Arrimadas prometió tras sustituir a Alberto Rivera, algo que ya nadie espera a estas alturas.

Las elecciones de Castilla y León no han supuesto, sin embargo, el anticipo del cambio de ciclo que el PP creía que se iba a producir al adelantarlas. Paradójicamente, este resultado debería preocupar, y mucho, a los dirigentes populares, cuyo posicionamiento cada vez más a la derecha del espectro político no parece detener el crecimiento de Vox, y sin embargo les aleja cada vez más de cualquier posibilidad de acuerdo con el resto de fuerzas representadas en el Parlamento español.

En la izquierda las cosas no pintan, de momento, mucho mejor. La pandemia y la posterior crisis económica está todavía muy reciente y es pronto para comprobar el impacto de las medidas de recuperación y los fondos provenientes de la UE.

En este contexto, solo la extrema derecha y los partidos localistas parecen tener motivos para el optimismo, lo que a corto y medio plazo solo va a servir para hacer todavía más complejo el panorama político. El verdadero problema no es la polarización ideológica, algo que en realidad ha caracterizado la política española desde siempre, sino la fragmentación partidista, que dificulta conformar mayorías parlamentarias y obliga a los gobiernos a realizar concesiones, especialmente en los presupuestos, que en muchas ocasiones superan la importancia real de los partidos con los que es necesario llegar a acuerdos.

Grandes mayorías

Para entender esto último basta recordar que en el ciclo de las elecciones generales entre 1982 y 2011, una media del 86% de los escaños estaba en manos de PP y PSOE, mientras que el resto se repartía entre ocho o nueve partidos, lo que sin duda favoreció la creación de grandes mayorías que posibilitaban gobiernos estables que agotaban las legislaturas sin problemas. Sin embargo, en el ciclo que va de 2015 a 2019, los dos grandes partidos han dispuesto de tan solo el 59% de los escaños, quedando repartido el resto entre un número creciente de partidos, hasta los 19 de la actual legislatura.

Vistos los resultados de este domingo, es de esperar una nueva cascada de pequeñas formaciones en las próximas elecciones generales. La capacidad de negociar, de hacer concesiones, de tener amplitud de miras en favor de la estabilidad, va a ser más necesaria que nunca si alguno de los grandes partidos aspira a seguir gobernando este país.